La política peruana sufre de una ironía cruel: cuando creemos haber ganado una batalla táctica, solemos haber perdido la guerra estratégica. La censura del ahora expresidente José Jerí y la elección, por 64 votos, de un presidente encargado de izquierda radical no es un simple relevo administrativo; es un verdadero y perentorio reordenamiento del tablero en plena campaña electoral. La excelencia suprema consiste en romper la resistencia del enemigo sin combatir, decía Sun Tzu en “El arte de la guerra”, y tal parece que alguien pretendió jugar al estratega experto aquí.
Esos 64 votos alcanzaron para investir, pero no para legitimar. Alcanzaron para ocupar el ‘despacho presidencial’, pero no para estabilizar el país. La mayoría aritmética no es mayoría ni moral ni social. Y cuando la fragilidad institucional se combina con ambición electoral, lo que nace no es una transición neutra, sino una oportunidad para el que mejor sabe capitalizar el conflicto.
El Perú ya aprendió –o debería haber aprendido– que los extremos no avanzan solo por su propia fuerza, sino por el error acumulado de sus adversarios. Cinco meses parecen poco. Pero cinco meses con tribuna, poder, aparato estatal y capacidad de fijar agenda son una verdadera eternidad política.
El poder, incluso transitorio, tiene la capacidad de moldear percepciones, instalar relatos y convertir –incluso– a un actor marginal en un protagonista inevitable. Quienes imaginaron una estrategia “sabia y premeditada” no calcularon que podrían haber encendido una mecha que no podrán controlar y que los podría hacer “arder”.
Y es que el riesgo no es solo ideológico; es institucional. Cada jugada basada en el “todo vale” crispa y resiente la confianza pública. Cada atajo parlamentario debilita la ya muy frágil arquitectura democrática. Y cuando la democracia se convierte en instrumento circunstancial y no en límite permanente, el incendio deja de ser metáfora y se convierte en una verdadera temeridad.
Se repite la historia: creemos debilitar al adversario y terminamos debilitando al Estado. Celebramos la caída de uno sin medir el fortalecimiento del otro. Los 64 votos de ahora pueden ser la plataforma que mañana consolide aquello que se quería justamente evitar.
La verdadera preocupación hacia el futuro no debe ser solo impedir que un radical “desgobierne” cinco meses, sino evitar que el sistema político siga actuando irresponsablemente, como si las consecuencias no tuvieran fin.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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