Errores de los padres en un proceso de tenencia, por Javier Arrieta

Después de más de dos décadas ejerciendo el Derecho de Familia, he llegado a una conclusión que se repite en casi todos los procesos de tenencia. El principal problema no suele estar en la ley ni en la decisión del juez. Muchas veces comienza con la actitud de los propios padres.

Cuando una pareja se separa, es comprensible que existan heridas, resentimientos y desacuerdos. Lo preocupante es que esos conflictos personales terminan trasladándose a los hijos. Entonces, el proceso de tenencia deja de ser un mecanismo para proteger al menor y se convierte en una competencia para demostrar quién fue el mejor padre o quién tiene más razones para quedarse con él.

Ese es el primer gran error.

En los juzgados de familia es frecuente ver expedientes llenos de acusaciones. Un padre intenta demostrar que el otro es irresponsable, indiferente o incapaz. Se presentan fotografías, conversaciones, declaraciones y todo aquello que pueda desacreditar a la otra parte. Sin embargo, pocas veces se comprende que el juez no está resolviendo un concurso para elegir al padre perfecto. Lo que realmente debe determinar es cuál es la decisión que mejor protege el bienestar del niño.

Ese detalle cambia completamente la perspectiva del proceso.

Muchos padres creen que ganar la tenencia depende únicamente de probar los errores del otro. En realidad, también deben demostrar que son capaces de ofrecer estabilidad emocional, tiempo, afecto y un entorno adecuado para el desarrollo de sus hijos. El Derecho de Familia no busca premiar a los adultos, sino garantizar que los niños crezcan en las mejores condiciones posibles.

Otro error que observo con frecuencia es involucrar a los hijos en el conflicto. Algunos padres les cuentan lo que ocurre en el juicio, les muestran escritos judiciales o les preguntan constantemente con quién desean vivir. Incluso hay quienes intentan influir en sus respuestas antes de una entrevista psicológica o de una evaluación ordenada por el juez.

Es fácil olvidar que un niño no tiene la madurez para asumir ese tipo de decisiones. Pedirle que elija entre su padre y su madre significa colocarlo en una situación profundamente injusta. En la mayoría de los casos, quiere a ambos y solo desea que dejen de pelear.

También resulta preocupante cuando uno de los padres impide las visitas porque considera que el otro no cumple con la pensión de alimentos o porque aún guarda resentimiento por el fracaso de la relación. Desde el punto de vista jurídico, ambas situaciones son independientes. Si existe un incumplimiento de la obligación alimentaria, la ley establece mecanismos para exigir su pago. Del mismo modo, si se incumple el régimen de visitas, también existen vías legales para hacerlo respetar. Utilizar a los hijos como una forma de presión nunca será la solución.

He visto también procesos en los que las denuncias se presentan con una ligereza que preocupa. Acusar falsamente al otro padre de violencia o de hechos que no pueden acreditarse puede generar un enorme daño, no solo para el proceso, sino también para el propio hijo. La justicia necesita pruebas, no estrategias de confrontación. Cuando el conflicto se judicializa sobre la base de afirmaciones sin sustento, quienes terminan pagando el precio emocional son los menores.

Existe, además, un aspecto que pocas veces recibe la atención que merece. Los jueces valoran la disposición de cada padre para favorecer la relación del niño con el otro progenitor. Un padre que promueve el contacto facilita la comunicación y comprende la importancia de la coparentalidad transmite un mensaje claro: está pensando primero en su hijo y después en sus diferencias personales. Esa actitud suele decir mucho más que cualquier discurso pronunciado en una audiencia.

El interés superior del niño no es una expresión jurídica destinada únicamente a aparecer en las sentencias. Es un criterio que debería orientar cada decisión que toman los padres después de una separación. Significa preguntarse, antes de actuar, si aquello que se va a hacer beneficia realmente al hijo o simplemente responde al enojo que dejó la ruptura.

Al final, los procesos de tenencia terminan, las resoluciones quedan archivadas y las diferencias entre los adultos, tarde o temprano, se superan. Lo que permanece es el recuerdo que los hijos conservan de esa etapa de sus vidas. Por eso, el mejor padre no es el que gana un juicio, sino el que, incluso en medio del conflicto, es capaz de protegerlo.

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