Jorge Nieto tiene razón, aunque quizá no por las razones que él cree.
Jorge Nieto tiene razón, aunque quizá no por las razones que él cree.
Las propuestas de indulto o gracia presidencial son jurídicamente inviables. Y en términos de la salud democrática, liberar a quien conspiró para la rebelión –en términos llanos, dio un golpe de Estado– enviaría una señal nefasta a los futuros aspirantes a autócrata, de los cuales el país no carece.
¿Por qué, entonces, tiene razón Nieto? No porque liberar a Castillo sea lo correcto para la reconciliación nacional. Castillo no es un mártir inocente, sino un agitador social profesional, y no hay que dudar de que eso es exactamente lo que haría desde el primer día fuera de Barbadillo, a mayor escala y con más fuerza que desde la cárcel.
Nieto tiene razón en que mantener a Castillo preso es un pasivo político considerable para Keiko Fujimori. Durante años se ha cuestionado cuánto poder de transferencia de votos tienen realmente los políticos peruanos, pero esta elección demostró que Castillo sí lo tiene, aunque no le haya alcanzado –por unas decenas de miles de votos– para llevar a Roberto Sánchez a Palacio.
El verdadero activo de Castillo, y el pasivo de Keiko, es la victimización. La ha explotado desde que ganó la presidencia, y cada día que pasa en prisión, mientras sus aliados distorsionan las razones de su encierro, esa narrativa se fortalece.
Castillo preso y Keiko en Palacio es terreno fértil para profundizar esa narrativa de victimización sistémica. Ya no se trata de que Keiko gobierne en las sombras: según ese relato, Keiko y el fujimorismo son el sistema mismo, el que oprime al profesor que quiso cambiarlo, al líder revolucionario que se sacrificó para poner en su lugar al Congreso y a los poderosos. Mientras Keiko sea percibida como garante del statu quo, sin impulsar cambios disruptivos, Castillo seguirá siendo, por contraste, el símbolo de todos los oprimidos que se atrevieron a desafiar leyes e instituciones que consideran represivas.
Ese pasivo es algo que la presidenta no debería subestimar. Unos años de crecimiento económico y tranquilidad para la inversión privada no deben encandilarla al punto de la ceguera. Mantener a Castillo en prisión puede seguir siendo, a largo plazo, un activo político para la izquierda. Si no se maneja con cuidado, la consolidación de Castillo como mártir podría convertirse en el talón de Aquiles de la derecha.












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