“No hermano, no hermano, ¡no! ¿Por qué me haces esto?”, grita una mujer mientras su esposo intenta sostenerla para que no se desplome sobre el suelo.
La escena se repite una y otra vez en las afueras de Los Silos, una imponente estructura de concreto en La Guaira que, en medio del desastre causado por el doble terremoto del 24 de junio, ha dejado de ser una instalación portuaria de almacenamiento para convertirse en una morgue improvisada.
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Allí, bajo un intenso sol tropical, decenas de familias esperan con una mezcla de angustia y temor. Han venido a confirmar la muerte de sus seres queridos.
Las autoridades han dispuesto sillas tanto dentro como fuera de las instalaciones, en las que hay varias carpas. La espera es larga. Quizá demasiado larga para quienes ya llevan días entre hospitales, refugios y ruinas.
En la fila, la tristeza es contagiosa. Nadie habla. Algunos miran al vacío. Otros revisan sus teléfonos leyendo noticias o respondiendo mensajes.
A pocos metros, personal de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, con fusiles largos, controla el acceso.
“Me da miedo lo que voy a ver allá adentro, pero es la única manera de terminar con esta agonía”, me dice una mujer antes de cruzar la puerta.
Lleva casi una semana buscando a su sobrino.
“Lo he buscado en todos lados: en el edificio, en los hospitales, he hablado con todo el mundo… y nadie sabe nada”.
Adentro, el olor a descomposición es lo primero que golpea.

Personal médico y forense trabaja junto a cuerpos tirados en el suelo, cubiertos con bolsas de plástico. (BBC Mundo).
Varios familiares se llevan las manos a la boca. La mayoría se ha cubierto con mascarillas de tela que no son suficientes. En minutos, muchos dejan de reaccionar: se acostumbran al olor nauseabundo.
A pocos metros, en hileras yacen cientos de cadáveres cubiertos con bolsas de plástico y expuestos al sol y al calor intenso de La Guaira, acelerando su descomposición.
Los cuerpos están organizados por fecha de rescate. En un extremo, un toldo ofrece cremación gratuita. En otro, un pequeño módulo de odontología forense intenta indentificar cuerpos que ya casi no tienen rasgos humanos.
Las familias tienen dos opciones.
Quienes creen poder identificar a sus seres queridos por la ropa que llevaban son enviados a una zona.
El resto —la mayoría— se sienta frente a dos televisores.
Allí comienza otro calvario.

Algunos cuerpos llevan días descomponiéndose bajo el sol. (BBC Mundo).

Las familias intentan identificar a sus seres queridos a través de imágenes que se deslizan en dos televisores. Buscan un tatuaje, una cicatriz, una prenda o cualquier señal que permita reconocerlos. Muchos de los cuerpos son ya irreconocibles. (BBC Mundo).
Más de 1.000 imágenes de cadáveres se deslizan en una secuencia que resulta eterna. Los cuerpos tienen los rostros hinchados, la piel oscurecida; están marcados por los golpes, por el calor y por el tiempo. Algunos son irreconocibles.
Las familias buscan cualquier rastro para identificar a sus seres queridos. Algún tatuaje, una pulsera, alguna prenda de ropa o artículo de lo que fue su hogar y que haya quedado en la toma.
Si es necesario, las dos trabajadoras que deslizan los dedos en un iPad para pasar de una foto a otra retroceden y hacen zoom en los dientes, algún tatuaje o cicatriz.
Frente a uno de los televisores, una mujer rompe en llanto al reconocer a su hijo gracias a una cobija polvorienta que se ve en una imagen. Otra mujer la abraza sin conocerla.
Una llamada telefónica interrumpe el silencio.

Liliana González logró reconocer a su sobrino de 37 años gracias a un tatuaje. (BBC Mundo).
“Tío, estoy aquí reconociendo a mi mamá… pero es muy difícil. La mayoría está como carbonizada”, susurra un joven.
“Esto parece una película de terror”, me dice al salir Liliana González, una habitante de Catia La Mar de 60 años, quien logró reconocer a su sobrino de 37 años gracias a un tatuaje.
“Yo estaba buscando a mi tía… pero mi prima, que es enfermera, me dijo que mi sobrino estaba aquí”, explica.
“No estaba en la lista. Tuve que ver las imágenes”. La voz le tiembla.
Luego reflexiona en voz alta: “Es la primera vez que hago esto. Yo vi a mi mamá cuando murió, pero esto… esto no es lo mismo”.
“Hay cuerpos inflamados, con los ojos afuera, niñitos… yo nunca en mi vida había visto algo así”, insiste.
Modesta Alemán, de 56 años, ha venido desde Carayaca, en el oeste de La Guaira, buscando a su hermana mayor, Matilde.
Su edificio en Playa Grande fue uno de los más afectados de la zona.
“Nos dijeron que no había vida. Que todos estaban muertos”, cuenta.
“Pero luego, un grupo de voluntarios dijo que escucharon voces… que había gente en el ascensor pidiendo auxilio. Pero nadie los sacó”.
Modesta no entra a la morgue improvisada. Espera afuera mientras otros familiares realizan la identificación.
Quizás, dice, ha sido mejor así.
El proceso puede durar horas. Cuando se logra reconocer un cadáver, comienza la gestión para retirar el cuerpo.
Tras la identificación, se toman las huellas dactilares, si es posible.
Luego, los cuerpos son introducidos en urnas. Más adelante, se inicia el trámite para la entrega del acta de defunción, un documento indispensable para que finalmente las funerarias puedan retirar los restos.
Jéssica Soto, de 42 años y residente del edificio OPP 33B de Caraballeda, se encuentra postrada en una silla en la entrada de Los Silos.
Desde hace dos días espera los restos de su hija de 15 años y de su nieta de 3, quienes quedaron atrapadas en su apartamento tras los terremotos. Sus cuerpos fueron recuperados el martes, casi una semana después de los sismos.
“Te ponen a esperar y a esperar hasta que lleguen los papeles, los camiones y no sé qué más hay que esperar”, le dice a BBC Mundo.
“Ahí las tienen en una urna llevando sol desde ayer. No me queda más remedio que esperar y confiar en Dios”.

Instalaciones de Los Silos, una instalación portuaria de almacenamiento que se ha convertido en una morgue improvisada. (BBC Mundo).
Tras perder su vivienda, Soto se refugia ahora en el club de golf de Tanaguarena. Sus familiares intentaron disuadirla de acudir a reconocer los cuerpos.
“Cuando la vi fue lo peor. Mi hija quedó… quedó fea. La reconocí gracias a una camisa y supe que era ella, pero su cara no era su cara, era la cara de un monstruo”.
La cifra de muertos ya llega casi a 2.600 en toda Venezuela, y las autoridades creen que aumentará significativamente.
Liliana dice que entró en pánico cuando le informaron que tendría que identificar a su sobrino sola.
“Pero luego dos trabajadores al verme así me acompañaron al cadáver. Me ayudaron a encontrarlo para que yo no sufriera tanto”, relata. “Gracias a Dios, porque en ese momento es bueno sentir la mano de alguien”.
Al ver el cadáver, asegura que estuvo a punto de desmayarse. Sintió náuseas.
“Aquí donde estoy, todavía tengo ganas de vomitar”, confiesa.
Su tía sigue entre los escombros. Teme tener que volver a la morgue en los próximos días y repetir el proceso.

Una de las tiendas de la morgue improvisada. (Reuters).












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