“Esto no ha concluido”, señaló el candidato Roberto Sánchez, abrazando un legado histórico que cruza todo el espectro político peruano. Ciertamente, desde hace 200 años los peruanos vivimos en pie de guerra con el otro enemigo y el batir de los tambores, que usualmente precede a un nuevo asalto al Estado, inevitablemente conduce al umbral de un viejo laberinto. Es desde ahí de donde proviene esa apuesta, del todo por el todo, que en 1834 transformó una disputa electoral en la devastadora Guerra de la Confederación, una de cuyas consecuencias fue la pérdida de la hegemonía del Perú en el Pacífico sur. De la herencia de un virrey, La Serna, que decidió no aceptar su derrota, tras la captura de Lima, optando por el atrincheramiento en el Cusco, lo que obligó a los patriotas a transnacionalizar la guerra y asumir las consecuencias, bebieron los caudillos. Sus prácticas, entre ellas el golpe de Estado, la traición y el sistema prebendario, se superponen a la escenografía y coreografía electoral que inventaron partiendo de una premisa fundamental: negarse a aceptar un revés en las urnas. La consecuencia lógica de este razonamiento unilateral fue el rosario de “guerras electorales”, además de la cantidad de trampas que sembraron en la “tramoya” que hemos heredado junto a la terca apuesta por la victoria, a veces negada por la realidad. En esa línea de pensamiento, el modelo de la resistencia cacerista nos devolvió parte de la dignidad perdida ante Chile, pero nos condujo, asimismo, a la humillación de un gobierno extranjero instalado, por años, en la Casa de Pizarro.
“La historia es una pesadilla de la que intento despertar” es una frase del genial James Joyce que muy fácilmente se aplica al Perú del eterno retorno. Es en esa pesadilla joyceana donde se consolida el universo de fantasmas y enemigos cuyos gases tóxicos penetran, sin esfuerzo, entre los resquicios de una sociedad dividida en dos y cuyos traumas, de todo tipo, nos negamos a explorar. Y de ese viaje circular, tan dañino para la institucionalidad y el tan ansiado bien común, proviene, justamente, la frase despectiva de la congresista electa Amalia Palomino (JP) respecto a los verdaderos peruanos y a los de segunda (los PEX que viven en el exterior), quienes no merecen votar porque están desconectados de la realidad. De esa manera, Palomino promueve el divisionismo mientras pretende despedir con un portazo a tres millones de conciudadanos, esta historiadora entre ellos. El argumento es que después de tantos años ya nos olvidamos de nuestra patria. ¿Por qué dividir en tres partes a la tierra de los mitimaes itinerantes? Con tal de ganar, la guerra del todo vale ahora se traslada al otro lado del continente, y si nos descuidamos será a otro planeta, ya que para el negacionismo bicentenario el cielo es el límite, aunque el Perú explote en mil pedazos.
Antauro Humala nos promete un revival de las guerras caudillistas, incluida una sección “masacre”, si los resultados le son adversos. Difícil guardar silencio en este contexto polarizador cuando un viejo trastorno colectivo llamado negación de la realidad, y lo que es aún peor la repetición del ninguneo colectivo, se hacen tan evidentes en la izquierda. Y para que no me acusen de PEX ignorante de lo que pasa en el Perú o de tomar partido, me permito citar uno de los argumentos de una columna en la cual, hace cinco años, le increpé a la candidata Keiko Fujimori cuando, al igual que la señora Palomino, afirmó que los “peruanos de afuera” no tenían derecho a opinar sobre asuntos del Perú. En esa oportunidad, recordé lo doloroso de nuestra partida, en mi caso en 1989 junto con un millón de compatriotas, en medio de “la guerra milenaria” que Sendero Luminoso le declaró a una nación inerme y a un Estado que se defendió con la brutalidad que lo caracteriza. De esa guerra feroz todos los PEX nos acordamos, y también de que no alcanzamos a despedirnos de nuestros seres queridos, en mi caso mi padre, ni pasar cumpleaños y otras fiestas con hermanos e incluso hijos o esposas y esposos. Por toda la pena del desarraigo y el consuelo del amor incondicional al Perú distante, los peruanos en el exterior contamos y no sobramos, como las vanguardias de esta nueva guerra por el poder nos quieren hacer creer.
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