El presidente Trump otra vez nos está tratando de vender el inicio de una nueva era de paz con el documento que EE.UU. e Irán han firmado esta semana. Basta revisar el texto publicado el miércoles para darse cuenta de que semejante optimismo es otra cortina de humo para calmar a los mercados del petróleo y para disfrazar una derrota estratégica como una gran victoria.
Lo que se está firmando no es un tratado de paz, sino un memorando de entendimiento. Es decir, un documento que plantea parámetros generales para iniciar conversaciones que conducirán a futuras negociaciones sobre un eventual acuerdo definitivo. En otras palabras, conversaciones sobre futuras conversaciones.
El texto nos grita a la cara una realidad incómoda: ninguno de los objetivos centrales que se usaron para justificar los ataques de EE.UU. e Israel a Irán parece haber sido alcanzado.
El tema nuclear sigue prácticamente intacto. Irán no se compromete a detener el enriquecimiento de uranio. No se compromete a entregar el material ya enriquecido ni acepta desde ya las inspecciones. Solo anuncia que “no construirá bombas nucleares”, lo que viene diciendo hace años, pero supeditado a un acuerdo final de paz que aún no existe y hasta aquel momento manteniendo el statu quo actual. El asunto que supuestamente motivó la urgencia estratégica de Washington queda simplemente postergado por 60 días, y quizás de forma permanente.
Lo mismo ocurre con el programa de misiles balísticos, el cual ni se menciona en el documento y que era tan importante como casus belli. Tampoco se exige que Irán deje de financiar o apoyar a Hezbollah, Hamás o los hutíes. El documento se limita a vagas referencias sobre la necesidad de respetar la integridad territorial de las naciones. Una fórmula tan vacua que podría aparecer en el discurso de una candidata a Miss Universo.
Incluso en el tema marítimo, Irán solo acepta abstenerse de hostigar a los buques que pasan por el estrecho de Ormuz por 60 días. Pero no renuncia a sus pretensiones de controlarlo, ni de cobrar peajes millonarios luego de vencido el documento, ni descarta volver a usarlo como instrumento de presión una vez vencido el plazo.
Antes de la guerra, Ormuz estaba abierto como cualquier otro estrecho del mundo. En 47 años, la República Islámica jamás se atrevió a cerrarlo. Ahora Washington celebra haber conseguido una apertura temporal de una vía marítima que ya estaba abierta antes.
Mientras tanto, el régimen iraní sigue allí. El mismo régimen cuya rendición incondicional fue exigida públicamente por Trump hace apenas unas semanas y que supuestamente iba a ser humillado, aislado y derrocado. Ahora sus representantes estarán pronto sentados en Ginebra, tomándose fotos con el vicepresidente de EE.UU. y negociando desde una posición de supervivencia política.
La pregunta, entonces, es qué logra con esto Donald Trump al ponerse contra la voluntad del ala conservadora de su partido, de los intereses de un Israel al que siempre ha favorecido y de la imagen de su país como superpotencia.
Justamente en 60 días comenzará la fase intensa de la campaña para las elecciones congresales de noviembre en EE.UU., donde el Partido Republicano se juega el Senado. Si Trump pierde la cámara alta, se le vendrían los peores dos años de su vida. Por lo tanto, Trump necesita estabilidad económica y petróleo a precios razonables. Necesita evitar nuevas imágenes de guerra y venderse como el gran pacificador diplomático. Irán, en cambio, no tiene elecciones. No depende de encuestas ni necesita convencer a votantes. Puede atrincherarse y esperar.
Esa asimetría temporal es probablemente el activo más poderoso que tiene hoy la Guardia Revolucionaria, aún más que Ormuz. Trump proyecta desesperación; Irán transmite paciencia y resistencia, y un total desinterés por el bienestar de su pueblo. Es muy tortuoso negociar con una dictadura fanática que se sostiene por represión violenta cuando uno no tiene la intención ni la capacidad de invadirla para sacarla a la fuerza.
Washington necesita resultados antes de noviembre, lo que podría empujar a Trump incluso a finalizar un tratado de paz inclinado a favor de Irán con tal de deshacerse del problema en el corto plazo. O Teherán puede dilatar indefinidamente. En 60 días, el ala radical podría volver a endurecer posiciones sobre Ormuz o el programa nuclear. Podría elevar nuevamente la tensión energética mundial, disparando los precios del petróleo y colocando a la Casa Blanca frente a una disyuntiva imposible: aceptar la humillación o regresar a la escalada militar. Con esto cobraría su venganza, causando desde Teherán que Trump pierda el Senado.
Por eso, la gran incógnita no está en el documento. Está en lo que ocurrirá después del documento.
Israel, por su lado, está furioso, pues el memorando y la dirección a la que apunta no eliminan la amenaza nuclear, no desmontan el régimen que lleva décadas diciendo que los quiere borrar del mapa y, encima, pretenden atarles las manos en sus operaciones contra Hezbollah en Líbano. No sería extraño que Israel trate de sabotear el proceso en las próximas semanas. El documento exige por parte de Irán que Israel se detenga, sin ser Israel partícipe del documento, por lo que solo esta sección augura el fracaso del proceso que pretenden iniciar.
Tal vez el acuerdo sobreviva. Pero, aun en el escenario más optimista, lo que hoy se ofrece no parece superar lo que alguna vez representó el acuerdo nuclear de Obama, del cual Trump tanto se burló. EE.UU., además, está esperanzado en que Irán va a cooperar para retornar a la economía mundial y tener acceso a los mercados occidentales. Es difícil creer que a la Guardia Revolucionaria le importe un comino eso ahora; lo más probable es que quiera ver sangre, y eso significa hacer que Trump pierda el Senado en noviembre.
La verdadera batalla se librará después de esas elecciones. Cuando a Trump ya no le importe la opinión popular y cuando Irán haya mostrado sus verdaderas intenciones, ambos no tendrán nada que perder y jugarán su última partida de ajedrez. Aquello no se puede predecir, pues los escenarios van desde el derrocamiento del régimen iraní hasta una guerra feroz e interminable en la que EE.UU. se jugará su futuro como superpotencia mundial, y Trump, su papel en la historia.












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