Soy de los que piensan que son pocos los que aspiran a un cargo público para servir al país. Nuestra historia nos dice que son muchos más los que buscan disfrutar al máximo los privilegios del poder y, no pocos, los que llegan para robar. Las trayectorias de ambos contendores generan legítimas dudas sobre lo que viene.
Todo parece indicar que no será Roberto Sánchez. Un personaje que, al finalizar la primera vuelta, era aún poco conocido, pero que supo usar el sombrero del golpista como motor de su campaña. No imaginaba llegar muy lejos y apostó por una curul a la que, paradójicamente, no accedió. Se quedó sin nada. Pero deja una pesada herencia para el Congreso que incluye a antauristas, castillistas y senderistas.
Salvo un desenlace inesperado, será Keiko Fujimori quien nos gobierne los próximos cinco años; muchos dirán, más bien, que nos continuará gobernando cinco años más.
Va a tener un poder enorme. Tiene –digámoslo sin ánimo de ofender– una importante influencia en las decisiones del Tribunal Constitucional, la Junta Nacional de Justicia, el Ministerio Público y la ahora irrelevante Defensoría del Pueblo. Siendo así, me parece que el Poder Judicial debe poner sus barbas en remojo.
Aun así, no la va a pasar fácil. Para empezar, el día que la proclamen tendrá a la mitad del país detestándola y afirmando –sin que sea cierto– que ganó con fraude. No le será fácil visitar la mitad de las regiones. Pero la situación es más complicada aún, porque llegó a esa segunda vuelta con el voto de apenas el 11% de quienes podían sufragar, por lo que la lealtad del 39% que la apoyó como el mal “menos peor” sería bastante frágil.
Y vaya que la realidad que tendrá que enfrentar desde el inicio es bastante complicada.
Empecemos por el fenómeno de El Niño global que, de confirmarse los pronósticos, sería el más grave desde que existen registros. Es evidente que el país no está preparado para hacerle frente, y no por falta de recursos, sino por años de desidia y corrupción. Y eso, de inmediato, no lo cambia ni Mandrake.
Un segundo problema es que, debido a la guerra en el estrecho de Ormuz, los combustibles están a precios exorbitantes y difícilmente bajarán mucho aun cuando esta concluya, por lo que persistirá el malestar de los usuarios. Peor aún –y lo dice el economista jefe de la FAO–, los fertilizantes también han subido de precio. Ello, sumado a los estragos del mencionado fenómeno, generará una grave crisis alimentaria; léase: hambre para más gente.
Ya en el ámbito local, el principal problema es que el crimen violento sigue empeorando. En campaña, Keiko ha sostenido que la solución corre por sus venas: “Mi papá sabía cómo hacerlo y yo también lo voy a lograr”. Su principal candidato para dirigir el Ministerio del Interior cree que matando a todo lo que se mueva conseguirá resultados rápidos; además, piensa que la policía está por encima de toda sospecha, cuando sabemos que se encuentra profundamente penetrada por organizaciones criminales. La frustración terminará pasándole factura.
Y, finalmente, una decisión inconstitucional del Tribunal Constitucional permitió que el Congreso tuviera iniciativa de gasto para conseguir votos. De acuerdo con el Consejo Fiscal, los excesos de la juerga electoral comprometen S/6.500 millones del presupuesto del 2026 y, a partir del 2027, hasta S/15.000 millones anuales. Otros, como Sánchez, participaron en la misma jugada, pero fue ella quien se llevó el grueso de la torta. Ahora, sin embargo, la realidad le pasa factura y los fondos para invertir en los fabulosos proyectos que ha anunciado, así como para enfrentar las consecuencias de los fenómenos naturales, serán –digámoslo así– escasos.












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