La democracia no es solo votar. Supone reglas, contrapesos, libertades, alternancia y rendición de cuentas. Ninguno de los dos candidatos llega libre de dudas frente a esos principios. Por eso, esta segunda vuelta no debería asumirse como un acto de fe, sino como una evaluación de riesgos, costos y posibilidades reales de gobierno.
La pregunta no es solo quién ofrece más orden o quién promete más reformas. La pregunta es qué estamos dispuestos a aceptar para conseguirlo. Cuando la democracia se usa según conviene, deja de ser principio y se convierte en coartada.
Quien apuesta por el orden debe preguntarse a qué costo democrático está dispuesto a hacerlo. El país necesita autoridad frente a la inseguridad, la extorsión, la minería ilegal y el avance de las economías criminales. Pero el orden sin controles puede terminar debilitando aquello que dice proteger.
Quien apuesta por reformas debe preguntarse a qué costo institucional y social se impulsarán. Cambiar el país no puede reducirse a un anuncio. Requiere mayorías, reglas, negociación, equipos y legitimidad. Sin eso, la promesa de cambio puede convertirse en más frustración.
Entonces, antes de votar, hay cuatro criterios que conviene mirar:
Primero, quién entiende mejor la magnitud del país que recibe. Recibe años de interrupción política, pérdida de conducción y políticas discontinuas. No habrá margen para equivocarse en las primeras prioridades.
Segundo, quién puede sostener equipos capaces de gobernar desde el primer día. La curva de aprendizaje, como advierte la literatura de la gestión pública, la termina pagando el ciudadano.
Tercero, quién tiene madurez política para construir consensos. Ni el orden ni las reformas se sostienen sin acuerdos en un país fragmentado. Tocará negociar y sostener decisiones difíciles cuando empiecen las resistencias.
Cuarto, quién ofrece más garantías de respetar reglas democráticas cuando esas reglas le incomoden. Allí se mide la verdadera relación de un gobierno con la democracia.
A los jóvenes: no voten solo desde el miedo ni desde la ilusión. No permitan que otros decidan por ustedes con etiquetas de izquierda o de derecha. Sigan preguntando cómo se resolverán los problemas del país, quiénes lo harán posible y qué lugar quieren ocupar en esa tarea.
El domingo no elegimos una promesa perfecta. Elegimos una oportunidad para empezar a recuperar gobierno, estabilidad y sentido de futuro. El país no cambiará por una elección, pero ninguna reconstrucción empieza si dejamos de creer que todavía podemos hacer algo por él.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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