Decálogo ético para quien gobierne el Perú, por Mercedes Araoz

El Perú no necesita solo un próximo presidente. Necesita una autoridad moral. Alguien que entienda que ganar una elección no entrega una licencia para apropiarse del Estado, sino una responsabilidad histórica para reconstruir la confianza perdida. La Presidencia de la República no es un premio personal, ni una agencia de empleos partidarios ni una caja de favores ni un botín. Es el encargo más alto que una democracia puede conceder: servir a todos los peruanos, empezando por quienes no votaron por uno. La desconfianza ciudadana no ha surgido de la nada. Es el resultado acumulado de promesas incumplidas, corrupción, improvisación, pactos subalternos, uso patrimonial del poder y una dolorosa sensación de abandono. Por eso, quien aspire a gobernar debería asumir, antes que un plan de gobierno, un decálogo ético.

Primero: cumplir y hacer cumplir la Constitución y la ley. Parece obvio, pero en el Perú reciente lo obvio se ha vuelto revolucionario. La Constitución no es un obstáculo incómodo ni un menú a la carta. Es el marco que permite que el poder tenga límites, que los derechos sean exigibles y que nadie esté por encima de la República. Segundo: no tratar al Estado como botín. El Estado no pertenece al presidente ni al partido de gobierno ni a los aliados parlamentarios ni a los financistas de campaña. Los recursos públicos son de los ciudadanos. Usarlos para enriquecerse, pagar favores o comprar lealtades no es viveza política: es traición pública. Tercero: recuperar la meritocracia. El próximo gobierno debe colocar a los mejores cuadros al frente de las instituciones clave del Ejecutivo y debe respetar la autonomía del BCR, una de las pocas instituciones que ha protegido al país de aventuras populistas. El Perú no puede seguir pagando el costo de la mediocridad militante. Cuarto: gobernar con transparencia radical. La población tiene derecho a saber qué se decide, por qué se decide, cuánto cuesta y quién se beneficia. La transparencia no debe aparecer solo cuando estalla un escándalo. Debe ser la forma cotidiana de gobernar. Quinto: decir la verdad, incluso cuando duela. Habrá que hacer ajustes difíciles: ordenar la planilla pública, sincerar cuentas, reformar empresas públicas quebradas o capturadas y mejorar servicios que hoy no funcionan. Un presidente serio no maquilla la realidad: la explica, la enfrenta y convoca al país a resolverla. Sexto: no repetir la política transaccional. Los últimos años nos han mostrado acuerdos entre Ejecutivo y Congreso donde el bien común desaparece y solo quedan impunidad, cálculo y supervivencia. El diálogo democrático es indispensable; el reparto de favores no. Gobernabilidad no es complicidad. Séptimo: convocar, escuchar y construir futuro. El próximo presidente debe ser capaz de convocar a todos los sectores del país: fuerzas políticas democráticas, regiones, academia, empresa privada, trabajadores y sociedad civil. No para una foto ni un diálogo ceremonial, sino para una conversación nacional seria, constructiva y orientada a crear futuros posibles y perdurables. Gobernar es afinar el oído a la calle y también a la ciencia, a la evidencia y a la experiencia técnica. Un buen gobernante debe distinguir entre el clamor legítimo de la población y los cantos de sirena de quienes solo buscan conservar privilegios, capturar decisiones o alimentar su vanidad. Octavo: usar la fuerza pública con legalidad, prudencia y humanidad. El orden es necesario, pero no puede ser excusa para la arbitrariedad. La autoridad democrática debe combatir el crimen, las economías ilegales y la violencia, y también promover una cultura de paz, respeto a los derechos humanos y presencia efectiva del Estado. Noveno: pensar en el desarrollo sostenible. El crecimiento no puede ser enemigo de la sostenibilidad; al contrario, sin crecimiento no hay inclusión duradera, y sin instituciones no hay crecimiento posible. Décimo: devolver esperanza. Gobernar es reconstruir la posibilidad de creer. El Perú tiene recursos y talentos capaces de hacer mucho más. Pero necesita un liderazgo que inspire confianza, que convoque, que sirva y no se sirva.

El próximo presidente no debería preguntarse cuánto poder puede acumular, sino cuánto daño puede reparar y cuánta confianza puede reconstruir. Para lograrlo tendrá que escuchar más de lo que habla, convocar más de lo que divide y decidir con evidencia más que con cálculo. Ese sería un buen comienzo para reconciliar a los peruanos con la política y volver a mirar el futuro sin cinismo.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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