¿Quiere o no quiere?

A estas alturas es bastante evidente que la campaña de segunda vuelta de Roberto Sánchez es un arroz con mango.

Usemos como ejemplo el rol que cumple Antauro Humala en todo este menjunje. Después de haberlo anunciado en primera vuelta como futuro ministro de Defensa de su eventual gobierno, empezó la segunda diciendo que lo había apartado completamente. Convocó a Pedro Francke, a su equipo técnico, quien, luego de haber sido ministro de Castillo, reconoció que este había sido ganado por la corrupción, pero que ahora se incorporaba a la campaña del nuevo señor del sombrero; eso sí, con la condición de que sacara de escena al asesino de policías. En la medida en que Francke estuvo en el equipo técnico que debatió el domingo, se debería asumir que su exigencia había sido aceptada. Pero, al día siguiente, el expresidiario que quiere declararle la guerra a Chile aseguraba que es parte esencial del proyecto, que la mitad de los votos son suyos y que Francke no representa a nadie. El candidato –con una tibieza digna de mejor causa– agradeció todos los votos, “así sean pocos o muchos”, y no dijo ni chis ni mus sobre la exigencia mencionada.

Un desastre para cualquiera que quiera ganar la presidencia, una que teóricamente no tiene tan lejana, ya que, de acuerdo con Ipsos, Keiko y él empataban en la primera encuesta de segunda vuelta y, en la siguiente, ella le saca cuatro puntos porcentuales, no porque subiese, sino porque Sánchez bajó.

Es tal el enredo en que andan que cabe preguntarse si el candidato de Juntos por el Perú –consciente o inconscientemente– está torpedeando su posibilidad de llegar a Palacio.

Algunos ejemplos: convoca a un mitin de campaña en Chincha y deja plantados a los asistentes, prefiriendo quedarse en Lima en una reunión sin relevancia electoral. Otro: si el equipo técnico de Fuerza Popular, como corresponde, salió de la casa de Keiko para dirigirse junto al JNE, en cambio los rivales llegaron uno a uno, dado que Sánchez estaba lejos en una actividad proselitista. Ya en el debate, cada cual dijo lo que pudo, algunos mejor que otros.

En la hipótesis nada desdeñable de que Sánchez conscientemente prefiera no ganar las elecciones, las razones que pueden pasar por su mente son varias. Para empezar, no tener que soportar las innumerables demandas de Castillo y la prepotencia de Antauro.

Otro motivo de peso sería constatar que gobernar el país va a ser extremadamente complicado. Para empezar, la protesta está a flor de piel, como lo demuestran universitarios, arroceros, transportistas, comunidades del corredor minero sur y otros que ya calientan motores.

A ello podría añadirle que –violando la Constitución con el aval del TC– el Congreso, con el beneplácito de ambos finalistas, ha comprometido una enorme cantidad de recursos fiscales a gastos corrientes, lo que disminuirá severamente aquellos que puedan dedicarse a invertir y solucionar problemas.

Además, podría estar en su mente que, de ser presidente, el fujimorismo podría hacerle la vida a cuadritos, dada la influencia –por decirlo de una manera elegante– que tiene en el Ministerio Público, el Tribunal Constitucional y la Junta Nacional de Justicia.

A todo ello hay que sumarle que se viene un tremendo fenómeno de El Niño, el peor de los que ha habido, y el país no está preparado para hacerle frente, por lo que puede hacer ‘chichirimico’ la ya maltratada economía y dejar muerte y desolación por donde pase.

Y la cereza del pastel: el temor a terminar en Barbadillo o en situaciones afines, como viene siendo el destino de los presidentes elegidos en las últimas décadas.

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