“Magnifica humanitas”, la primera encíclica del papa León XIV, es valiente y nos invita al discernimiento. Cuestiona qué le ocurre a la humanidad en un mundo marcado por guerras, polarización, desigualdad y una aceleración tecnológica sin precedentes. Plantea que el desarrollo tecnológico está atravesado por decisiones humanas, intereses económicos, ideologías y relaciones de poder; por lo tanto, la inteligencia artificial (IA) no es neutra.
Quien controla la tecnología puede influir en cómo pensamos, trabajamos y convivimos. Por ello, el debate sobre la regulación de la IA resulta indispensable para cuidar lo humano. Más que un debate legal, requiere un discernimiento real y defender la tecnología como bien común.
El capítulo IV, “Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad”, anuncia la necesidad de una alianza educativa para la era digital. Durante años discutimos cómo incorporar tecnologías al aula, pero seguimos poco preparados para afrontar un escenario donde “la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, y alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad”.
Me alienta la reivindicación de la escuela como el lugar donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a interrogarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. En ese sentido, cuando los docentes me preguntan si la IA los va a reemplazar, respondo que es una pregunta tramposa: admite solo dos respuestas y ambas nos llevan a la inacción. La pregunta que nos conduce a la acción es replantear el para qué, el qué y el cómo de la escuela, y esa interrogante reclama un docente mediador, acompañante y formador de criterio.
¿Seremos capaces de educar tanto para el uso como para el no uso de la tecnología? En una cultura obsesionada con la inmediatez, quizás necesitemos aprender –y enseñar– ciertas formas de abstinencia digital para no perder aquello que nos hace profundamente humanos: la reflexión, el cuidado y el encuentro auténtico entre personas.
Que León XIV sienta la necesidad de escribir una carta oficial al mundo (una encíclica) para hablar sobre la inteligencia artificial (IA) nos dice algo que incomoda: el debate sobre quién controla estas tecnologías no tiene dueño.
Las grandes empresas transnacionales, OpenAI, Meta, Tesla, no van a preguntarse si sus creaciones nos hacen bien o mal. Tienen accionistas, no conciencia. Y los gobiernos que intentan regularlos enfrentan un problema mayor: los regulados tienen más dinero, más ingenieros y más abogados que quienes los regulan.
Eso tiene nombre: asimetría de poder tecnológico, y es el verdadero problema de fondo. No es un concepto lejano, es lo que pasa cuando una empresa privada decide, sin consultarle a nadie, qué información ves primero en tu celular cada mañana.
Frente a eso, la encíclica propone algo que me parece más urgente que la regulación misma: recuperar una mirada tecno-humanista; es decir, pensar en la tecnología no como un fin, sino como un medio al servicio de las personas. No rechaza la IA, le exige que justifique su existencia en términos humanos. Que cure, que conecte, que incluya. Y cuando no lo haga, que rinda cuentas.
¿Puede haber regulación sólida? Creo que sí, pero no con cumbres internacionales donde los líderes se sacan fotos y firman declaraciones que nadie cumple. La regulación debe venir de ciudadanos que entienden lo que está en juego, de gobiernos con voluntad política genuina y de universidades que formen profesionales capaces de hacerle preguntas difíciles al algoritmo, que no se conformen solo con usarlo, que lo critiquen, lo cuestionen, y que entiendan qué intereses hay detrás de cada sistema que toma decisiones por nosotros.
El Papa puso el tema sobre la mesa y nos recuerda que la tecnología debe servir a las personas y no al revés.












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