Diversos expertos y agencias que monitorean el clima global advierten la llegada de un Superniño, fenómeno hidroclimático que hará una traviesa y a la vez disruptiva visita a los países del Pacífico tropical durante los próximos meses. Si bien no hay mucha claridad sobre su intensidad y la duración de su accidentada permanencia, las estimaciones auguran que esta versión de El Niño Oscilación del Sur (ENSO) por lo menos activará olas de calor, sequías, inundaciones, incendios y lluvias torrenciales de gran magnitud. Es decir, una gama de amenazas naturales que detonarán desastres en amplias regiones del mundo.
Aunque los climatólogos destacan que ningún Superniño es igual al otro, el patrón establecido ya nos va advirtiendo de los escenarios a enfrentar, sin olvidar que el ENSO forma parte de la historia y la prehistoria de las comunidades asentadas en las costas occidentales de las Américas. En el caso del Perú, arqueólogos como Max Uhle y Julio C. Tello dieron cuenta de sus impactos devastadores en las sociedades prehispánicas. Por su parte, la historiadora María Rostworowski, en su trabajo “Leyendas y mitos sobre el fenómeno El Niño”, relató cómo en los tiempos coloniales se relacionaba las temidas precipitaciones de El Niño con el diluvio del Antiguo Testamento. Eran épocas en que un sismo o un huaico eran asumidos como “castigos de Dios”, tal como también lo documenta el historiador Charles Walker en su libro “Colonialismo en ruinas. Lima ante el terremoto y tsunami de 1746”.
Y para referirnos a experiencias concretas con Superniños, dos que nos golpearon fueron los de 1982-83 y 1997-98, a los que se añade el llamado Niño costero del 2017. Con sus más y con sus menos, estos desastrosos episodios se abatieron cruentamente contra el crecimiento económico, la infraestructura física nacional, la salud pública, el desempeño gubernamental y, por supuesto, contra la vida y patrimonio de cientos de miles de personas. Sin hablar de los impactos ecológicos y los trastornos de las cadenas alimenticias que perjudicaron o beneficiaron a especies animales y vegetales.
Dado este historial, se presumiría que el Estado y la sociedad peruanas han aprendido de estas experiencias. Es cierto que la legislación se ha enriquecido al calor de estos desastres, que la tecnocracia es más permeable a los avances técnicos, que el aparato estatal dispone de una institucionalidad especializada en desastres, que los gobiernos subnacionales han ganado competencias en prevención.
Sin embargo, muchas veces las leyes no pasan de una declaración de buenas intenciones, los expertos no logran peso político suficiente, los municipios carecen de capacidades técnicas y las instituciones especializadas en gestión de riesgos son pasadas por alto: en el Superniño de 1982-83, el gobierno respondió con el Programa Integral de Rehabilitación y Reconstrucción de las Zonas Afectadas, y en el de 1997-98 lo hizo con el Comité Ejecutivo de Reconstrucción de El Niño-Ceren; en ambos, las instituciones del sistema de defensa civil fueron ninguneadas. Para el Niño costero del 2017 se creó otra entidad ad hoc, la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios, cuyas deficiencias obligaron a su reestructuración (ahora es la Autoridad Nacional de Infraestructura). Parece que cada Niño llega con su pan institucional debajo del brazo. ¿Se creará un nuevo órgano estatal con el que se viene?
Necesitamos señales concretas de parte del actual gobierno, aunque muchos piensan que será como pedirle peras al olmo. ¿Y los aspirantes a reemplazarlo en julio próximo? Resulta irresponsable que, para esta segunda vuelta electoral, los dos candidatos en liza no hayan hecho mención a los problemas asociados con la gestión de riesgos, a sabiendas de nuestra vulnerabilidad. Que el diluvio no nos coja sin un buen plan entre manos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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