La izquierda radical vuelve a intentar llegar al poder apelando al recurso más antiguo del populismo: dividir al país entre “ricos y pobres”, “empresarios y pueblo”, “derecha y oprimidos”. No ofrecen un proyecto serio de desarrollo ni reformas modernas para resolver los problemas del Perú; ofrecen enemigos. Y cuando la política se construye desde el resentimiento social, el resultado suele ser más pobreza, confrontación y deterioro democrático.
Preocupa escuchar a dirigentes radicales afirmar que la inversión privada y la libertad económica “destruyeron la patria”, cuando fue precisamente el crecimiento económico iniciado en los 90 el que permitió sacar a millones de peruanos de la pobreza, expandir la clase media y multiplicar los recursos del Estado. Antes de eso, el Perú era un país quebrado: hiperinflación, desempleo, terrorismo y desabastecimiento.
Gracias a la estabilidad económica, la apertura comercial y la inversión privada, el país generó recursos. Los presupuestos regionales crecieron. El problema no fue la riqueza, sino el despilfarro: corrupción, burocracia, clientelismo e incapacidad de gestión, impulsados por quienes hoy levantan discursos populistas desde la izquierda radical.
La experiencia latinoamericana debería bastar: Venezuela destruyó su economía persiguiendo a la empresa privada y reemplazando productividad por populismo. El resultado fue miseria, migración masiva y colapso institucional. Bolivia vive atrapada en inestabilidad y dependencia estatal. En el Perú, varias regiones gobernadas por discursos antisistema tampoco se convirtieron en ejemplos de desarrollo. Cajamarca recibió millones por canon minero y aún enfrenta enormes brechas. Junín, bajo liderazgos radicales, tampoco destacó por modernización ni transparencia. La retórica revolucionaria sirve para encender emociones; ¡no para construir prosperidad!
El gran desafío no es destruir el modelo económico ni enfrentar a peruanos. El verdadero reto es construir un Estado eficiente, meritocrático y honesto, capaz de convertir crecimiento en bienestar. Necesitamos mejores servicios públicos, seguridad, salud y educación. Pero eso no se logrará debilitando las libertades económicas ni sembrando odio de clases.
El empresario que invierte, el emprendedor que arriesga y el trabajador que produce no son enemigos: son parte del mismo motor que sostiene al país. La pobreza no se derrota repartiendo discursos incendiarios, sino creando empleo, fortaleciendo instituciones y promoviendo libertad con responsabilidad. ¡América Latina ya pagó demasiado caro las fantasías populistas como para volverlas a repetir!
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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