El 2 de mayo de 1826, los Estados Unidos reconocieron formalmente al Perú como nación independiente. Ese acto no fue un gesto rutinario, sino la confirmación de que el ideal de libertad y autogobierno que había dado origen a la independencia estadounidense también había echado raíces en Sudamérica. Desde entonces, ambos países han forjado una de las relaciones más sólidas del hemisferio a lo largo de doscientos años. En 2026, mientras el Perú y los Estados Unidos conmemoran el bicentenario de sus vínculos diplomáticos, los Estados Unidos celebran además 250 años de su independencia. Más que una coincidencia de calendario, esta convergencia revela un origen histórico afín que sigue dando sentido a la relación entre ambos países.
Nuestra historia común registra hitos memorables, pero hay dos que reflejan una amistad probada en momentos decisivos. En 1925, el laudo arbitral del presidente Calvin Coolidge permitió el retorno de Tarata al Perú. Poco después, la visita del general Pershing y su informe facilitaron las negociaciones que condujeron al acuerdo definitivo de paz y límites con Chile, así como a la reincorporación de Tacna. Quince años después, el 27 de enero de 1941, el embajador estadounidense en Tokio, Joseph C. Grew, informó a Washington que Ricardo Rivera Schreiber, ministro plenipotenciario del Perú en Japón, había advertido sobre la posibilidad de un ataque sorpresa japonés contra la flota del Pacífico, casi un año antes de Pearl Harbor. Fue un gesto de lealtad de un diplomático peruano hacia un aliado que aún no sabía que pronto lo necesitaría.
La afinidad entre ambos países también se refleja en los valores que ordenan la vida cotidiana. En el Perú y en los Estados Unidos, el espíritu emprendedor no es un eslogan, sino una forma de ser. En nuestro caso, esa energía ha convertido a Lima en una capital gastronómica global y ha llevado a pequeños productores andinos a los mercados del mundo. A ello se suma la diáspora peruana en los Estados Unidos, de más de un millón de personas, que constituye el puente más vivo entre ambas naciones. Y pocas figuras expresan mejor esa cercanía que el papa León XIV: nacido en Chicago y marcado por la tradición católica estadounidense, dedicó cuatro décadas de su vida al Perú, especialmente a Chiclayo. Hoy, al frente de la Iglesia Católica, su propia trayectoria une ambas orillas de esta amistad.
La confianza acumulada entre ambos países tiene también expresiones estratégicas concretas. El Perú acaba de concretar la adquisición estratégica de 24 aviones de combate F-16 de última generación a los Estados Unidos, lo cual profundizará la relación política y militar durante las próximas décadas; además, nuestro país ha sido designado Aliado Extra-OTAN por el presidente Trump —reconocimiento que ostentan muy pocos países en el mundo— y ha elegido a Washington como socio para el diseño y construcción de su nueva Base Naval en el Callao. Esa misma confianza es la que ha sostenido, durante décadas, una cooperación esencial en materia de seguridad: los Estados Unidos han sido el principal socio del Perú en la lucha contra el narcotráfico, aportando recursos y cooperación para reducir los cultivos ilícitos de coca en regiones vulnerables del país. En esa línea, en mayo de 2024 entró en vigor el Acuerdo de Interceptación Aérea No Letal entre el Perú y los Estados Unidos, orientado a mejorar la cobertura y el control del territorio nacional frente a amenazas transnacionales; asimismo, los Estados Unidos pusieron en marcha la donación de nueve helicópteros Black Hawk al Perú, acompañada de capacitación para pilotos, mecánicos y tripulaciones peruanas. Parte de esa cooperación también se destinó a programas de sustitución de cultivos, y sobre esa base se ha generado uno de los círculos más virtuosos de esta larga amistad: donde antes crecía coca, hoy crecen plantaciones de cacao. Ese cacao se procesa, se exporta y llega a los mercados estadounidenses, ejemplo de cómo una estrategia de seguridad se convirtió en una cadena de valor que genera miles de empleos en el Perú y contribuye a ciudades más seguras en ambos países.
En lo económico, el vínculo es igualmente sólido y promisorio. Fui parte de ello como Ministro de Comercio Exterior y Turismo (2003-2006), cuando se negoció el primer tratado de libre comercio que suscribió el Perú, que fue justamente con los Estados Unidos. Este TLC transformó la relación comercial entre nuestros países; dos décadas después, los impactos de dicho acuerdo son notorios: el Perú es hoy el segundo proveedor de frutas frescas a los Estados Unidos, siendo nuestros arándanos una parte significativa de los desayunos de millones de familias americanas. Además de los arándanos, vendemos uvas, paltas y espárragos, entre otros, productos que destacan no solo por su presencia contraestacional sino también por su calidad.
Confío en que el capítulo más importante está por escribirse: la transición energética global y las nuevas tecnologías demandan litio, cobre y zinc, y el Perú es uno de los países con mayores reservas de estos minerales en el mundo. En efecto, el Perú produce 10 de los 60 minerales críticos reconocidos por Washington, y las empresas mineras más importantes del mundo operan en nuestro territorio, entre ellas Freeport-McMoRan, Rio Tinto, Glencore, BHP, Newmont y Southern Copper. En febrero de 2026, el Perú y los Estados Unidos firmaron un MOU en una importante Reunión Ministerial sobre Minerales Críticos convocada por el Departamento de Estado, que permitiría a nuestros países cooperar a fin de explotar al máximo el amplio potencial que tiene el Perú en este rubro.
En efecto, la inversión y el conocimiento tecnológico estadounidenses, combinados con los recursos, el capital humano peruano y la posición estratégica del Perú —en el centro de Sudamérica y de cara al Asia-Pacífico— tienen el potencial de aportar a una cadena de suministro clave, convertir al país en un hub portuario y fortalecer la seguridad energética hemisférica. Las inversiones estadounidenses en sectores clave en el Perú han abarcado puertos en Matarani (US$700 millones) y Salaverry; Chevron en exploración offshore, que podría alcanzar los US$1000 millones de obtener resultados favorables; y Valero o Hunt Oil en hidrocarburos y gas. Existen además nuevas oportunidades, como el puerto de Corio y proyectos de energía, minería, transporte, comunicaciones y bienes inmuebles, valorizados en US$27 mil millones. Paralelamente, cada vez más empresas peruanas invierten en los Estados Unidos, entre ellas el Grupo Hochschild, que construirá una planta de separación de tierras raras en Luisiana, con una inversión de US$277 millones; la Corporación Aceros Arequipa, que ha adquirido activos de una empresa con operaciones en dos sedes del estado de Florida; y el Banco de Crédito del Perú, mediante la adquisición de Helm Bank.
Adicionalmente, el Perú y los Estados Unidos están realizando avances significativos para profundizar su cooperación en los ámbitos tecnológico y espacial, mediante gestiones orientadas a ampliar la colaboración en innovación, transferencia de conocimiento y desarrollo de capacidades. En esa línea, la incorporación del Perú a la Blue Dot Network fortalece las oportunidades para promover infraestructura sostenible, transparente y de alto estándar; mientras que su adhesión a los Acuerdos Artemisa abre un nuevo campo de cooperación espacial, incluida la posibilidad de avanzar en la construcción de un puerto espacial en territorio peruano. Estas iniciativas resaltan la proyección de futuro que caracteriza los vínculos entre nuestros países.
Dos siglos de una relación de continuidad excepcional no se explican solo por el paso del tiempo, sino por los fundamentos políticos y económicos que le dan continuidad. Ambas naciones creen en la libertad como fundamento para el desarrollo y la prosperidad; estos doscientos años de amistad son el punto de partida para los siglos venideros.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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