36 candidatos y una pregunta incómoda, por Maite Vizcarra | elecciones 2026 | postulantes presidenciales | campaña electoral | líderes políticos | OPINION

Ayer se cerró un hito crítico en este interín electoral sui géneris que vivimos con miras al 2026, y se abrió una pregunta ineludible de fondo. Con el plazo vencido para inscribir las listas rumbo a las elecciones generales, el tablero quedó oficialmente desplegado: 36 aspirantes a gobernar el Perú. No es poco. Y tampoco es neutro. Pero más allá del procedimiento, el dato desnudo –36– obliga a una reflexión menos burocrática y más incómoda: ¿cuántos de estos aspirantes pueden convertirse en líderes y no solo en candidatos?

Porque tener muchos postulantes claramente no garantiza muchos liderazgos. A veces es exactamente lo contrario. El ‘rockstar’ del liderazgo mundial, Ronald A. Heifetz, lo planteó con crudeza: el liderazgo no consiste en conducir, ni en prometer ni en tener respuestas para todo. Consiste, más bien, en ayudar a una comunidad a enfrentar sus desafíos adaptativos, esos que no se resuelven –solo– con soluciones técnicas conocidas, porque implican revisar valores y formas de relacionarnos con el poder.

Y el Perú enfrenta un desafío adaptativo de gran escala. No se trata solo de crecimiento económico, seguridad o infraestructura –problemas importantes, pero en gran medida técnicos–, sino de algo más profundo: cómo reconstruimos confianza, cómo fortalecemos ciudadanía, cómo dejamos de esperar salvadores y empezamos a asumir responsabilidades compartidas. En ese contexto, 36 aspirantes no son necesariamente 36 líderes. Son, en el mejor de los casos, 36 opciones para ver quién entiende el momento.

Heifetz decía que el liderazgo no es una posición, sino una actividad. Se puede liderar desde la presidencia, sí, pero también desde un ministerio, municipalidad, organización social o, incluso, desde la disidencia. Y ahí aparece una idea que incomoda a la política tradicional: el liderazgo auténtico tiene fecha de expiración. No porque el líder fracase, sino porque su tarea principal es formar a otros, devolver el poder a la gente y evitar la dependencia permanente en la autoridad.

Un liderazgo que no crea nuevos liderazgos acaba siendo un cuello de botella. Uno que se aferra al cargo o protagonismo termina debilitando aquello que dice querer fortalecer. ¿Estamos dispuestos a escuchar candidatos que no prometan certezas simplonas? ¿Que no ofrezcan soluciones mágicas, sino procesos colectivos de creación? ¿Que acepten que gobernar no es tranquilizar, sino forjar un faro que conduzca? Esa es la prueba real que enfrentan los 36 aspirantes.

En tiempos electorales solemos buscar figuras fuertes, casi infalibles. Pero lo que quizá necesitamos son liderazgos más humanos, más conscientes de sus límites, y más claros respecto de su legado. Liderazgos que entiendan que el poder no se acumula, se transfiere; que no se ejerce para brillar, sino para ampliar capacidades; que no se miden por la duración del mandato, sino por lo que queda cuando el mandato termina.

Estamos en Navidad, tiempo de cierres y balances. Ojalá que quienes hoy aspiran a gobernar el Perú entiendan la magnitud del desafío que tienen delante. Que asuman que, con 36 opciones en carrera, la verdadera competencia no será quién grita más fuerte, sino quién es capaz de generar un verdadero liderazgo inter pares. Porque, al final, el legado más valioso de las elecciones sería devolverle a la gente la ilusión de sentir que decidir una elección es, también, una forma de forjarse un futuro para sí y sus allegados.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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