El fantasma del fraude volvió a instalarse en la política peruana durante la última campaña electoral. Diversas voces respaldaron públicamente el pedido de un “golpe militar democrático” formulado por Roger Zevallos, exintegrante de la operación Chavín de Huántar. La propuesta consistía en que una junta militar tomara temporalmente el poder para anular unas elecciones supuestamente fraudulentas y convocar nuevos comicios. Detrás de este inaceptable discurso apareció con fuerza la narrativa impulsada por Rafael López Aliaga, quien ha denunciado una conspiración de las autoridades electorales para favorecer a la izquierda. El mensaje era claro: el país enfrenta una amenaza.
Martha Nussbaum ofrece una pista útil para entender este fenómeno. Para ella, el miedo es una emoción profundamente ligada a la sensación de vulnerabilidad y a la necesidad de controlar aquello que percibimos como amenaza. En momentos de incertidumbre, explica, surgen discursos que exageran peligros y construyen enemigos absolutos. Eso es lo que ha ocurrido en el Perú. El miedo sirve para justificar salidas autoritarias y alimentar la idea de que el sistema democrático ya no es confiable.
Sin embargo, como ha señalado el politólogo Daniel Encinas, las elecciones pudieron tener irregularidades y malas prácticas, pero no existen pruebas de un fraude deliberado. El problema de fondo parece ser otro: una sociedad marcada por la inseguridad y la desconfianza, en la que el miedo desplaza a la verdad y abre espacio para emociones como la ira, cada vez más visible en la polarización política peruana.











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