La incertidumbre dejó de ser una situación excepcional en el Perú para convertirse en una dramática forma de vida. Cambian los presidentes, se fragmentan las agrupaciones políticas, se erosionan las instituciones y las elecciones dejan más dudas que certezas. Hoy, exactamente un mes después de la primera vuelta electoral, continuamos sin tener el conteo oficial de la ONPE al 100%. Y mientras nos encaminamos hacia una segunda vuelta marcada por la polarización, las denuncias cruzadas y la desconfianza creciente en el sistema electoral, el Perú sigue avanzando sin un norte claro.
Esta incertidumbre no solo afecta los mercados, la inversión y el tipo de cambio, sino que nos impacta a cada uno de nosotros. Afecta nuestra salud mental y física, nuestras relaciones, nuestra capacidad de planificar y hasta nuestra manera de mirar al otro. La incertidumbre es supremamente desgastante porque necesitamos cierta sensación de estabilidad para funcionar, movernos entre marcos mínimos de previsibilidad, donde las reglas del juego sean claras y el futuro no dependa únicamente del azar.
Desde la psicología sabemos que la incertidumbre sostenida genera ansiedad, hipervigilancia, agotamiento emocional y la necesidad constante de querer anticipar amenazas. El cerebro entra en modo supervivencia y empezamos a modificar nuestras decisiones: personas que postergan inversiones, compras importantes o emprendimientos porque no saben qué ocurrirá en los próximos meses; jóvenes que sienten que el país no les ofrece un futuro próspero y empiezan a pensar en emigrar; trabajadores que viven con la sensación permanente de fragilidad; familias que consumen noticias compulsivamente, pendientes de rumores políticos, escándalos o posibles crisis, o que, por el contrario, terminan optando por desconectarse por completo de lo que pasa en el país.
La incertidumbre nos vuelve más ansiosos, más irritables y menos tolerantes. Lo vemos en las conversaciones familiares, en el trabajo y, en su expresión más brutal, en las redes sociales. El agotamiento colectivo termina filtrándose en todo y, en nuestro caso, empieza a volverse estructural.
La sociedad entera está funcionando desde el miedo y no desde la planificación. Podemos lidiar con el riesgo –asignamos probabilidades a distintos eventos–, pero no podemos lidiar sanamente con una incertidumbre tan prolongada. Desde el 2016 estamos viviendo en modo supervivencia democrática, institucional e individual: tenemos presidentes que no terminan su mandato, crisis institucionales recurrentes, enfrentamientos permanentes entre poderes del Estado y una degradación progresiva del debate público. La incertidumbre se ha vuelto la constante y es el terreno perfecto para la polarización y para narrativas que “ordenan” ese caos.
Las teorías conspirativas ofrecen justamente eso: relatos simples para problemas complejos. Poco importa, por ejemplo, si no existen pruebas sólidas sobre el supuesto fraude electoral desde la ONPE o si jamás se aclara quiénes lo habrían orquestado. Lo que sí es obvio en esta elección es que la gestión institucional y comunicacional del proceso electoral dejó enormes vacíos, que permitieron que estas ideas conspirativas escalaran y se instalaran en un sector importante de la sociedad.
Eso tiene consecuencias nefastas para nuestra precaria democracia. Cuando todo puede ser presentado como manipulación, la conversación pública se vuelve imposible. Nos está ocurriendo cada vez más seguido porque nos hemos acostumbrado a que la incertidumbre sea la norma. Y esa normalización tiene costos enormes, incluso cuando no siempre sean visibles de inmediato.
La economía lo sabe bien. La inestabilidad política le cuesta crecimiento al país y afecta directamente el empleo y la reducción de la pobreza porque disminuye la inversión, frena la contratación y paraliza decisiones empresariales. Pero la incertidumbre también deteriora el tejido social: hace más difícil confiar, colaborar o construir proyectos comunes. Una sociedad emocionalmente agotada se vuelve más cínica, más individualista y menos capaz de sostener conversaciones mínimamente saludables.
¿Cómo reconstruimos confianza en un país que lleva años viviendo bajo tensión permanente? ¿Cómo evitamos que el miedo termine definiendo nuestras decisiones y nuestras relaciones sociales? ¿Cómo devolvemos a nuestras instituciones esas reglas y esa confianza perdidas, con autoridades creíbles y mínimos consensos compartidos? Sin confianza no hay inversión pero, más importante aún, tampoco hay ciudadanía.













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