Durante años, en el Perú se ha instalado una falsa discusión: crecimiento económico versus desarrollo humano. Como si generar riqueza fuera incompatible con mejorar la vida de las personas. La realidad demuestra exactamente lo contrario: no existe desarrollo humano sostenible sin crecimiento económico. La razón es simple. Ningún Estado puede financiar hospitales, colegios, carreteras, seguridad, agua potable o programas sociales si antes no existen recursos. Y esos recursos no aparecen por arte de magia ni por voluntad política; provienen de la actividad económica, de la inversión privada, del empleo, de las empresas y de los impuestos que pagan millones de ciudadanos que los generan.
Por eso, cuando algunos minimizan el crecimiento económico o lo satanizan olvidan que este es la principal fuente de financiamiento del bienestar social. El crecimiento no es un fin en sí mismo, pero sí es la condición indispensable para que un país pueda reducir pobreza y generar oportunidades.
El Perú es un ejemplo claro de ello. Desde hace más de 30 años, el país emprendió un proceso de ordenamiento económico que permitió controlar la inflación, estabilizar la moneda, atraer inversión y aumentar sostenidamente la recaudación fiscal. Gracias a ese modelo, contenido en la Constitución de 1993, millones de peruanos salieron de la pobreza y el Estado pasó a contar con presupuestos históricamente altos para atender salud, educación, infraestructura, seguridad y servicios públicos esenciales.
Sin embargo, aquí aparece la verdadera tragedia peruana: el problema no ha sido principalmente la falta de dinero, sino la incapacidad del Estado para transformarlo en bienestar real para la población, y en esa “aventura fallida” figuran varias conspicuas figuras de la izquierda radical que han gobernado en sus regiones y hoy se distancian del “crecimiento” y apelan a un discurso de engaño. Lo cierto es que gobiernos regionales y municipales han recibido enormes recursos provenientes de impuestos, canon y regalías, pero gran parte de ese dinero no se ha ejecutado correctamente. Hospitales inconclusos, colegios deficientes, obras paralizadas, carreteras mal hechas y proyectos sobrevalorados son el reflejo de un problema estructural de ineficiencia, burocracia y corrupción.
El Perú no necesita destruir el crecimiento económico; necesita convertirlo eficientemente en desarrollo humano. Porque sin crecimiento no habría recursos para distribuir, pero sin buena gestión pública esos recursos tampoco llegarían adecuadamente a la gente. ¡Este 7 de junio votemos con la cabeza y no con la emoción!
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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