Marx escribió “El 18 brumario” para explicar cómo la república francesa, incapaz de producir futuro, terminó buscando salvación en una copia decadente de Napoleón. La historia, decía, ocurría primero como tragedia y luego como farsa. En el Perú, la segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez parece nuestro eterno 18 brumario contemporáneo: dos archivos políticos que el país no ha logrado cerrar, dos proyectos que vuelven a disputar la fractura entre los que se consideran ganadores del orden nacido en los 90 y los que se reconocen como sus perdedores.
No hay nada nuevo en esta segunda vuelta, salvo que esos dos archivos representan cada vez a sectores más minoritarios; por primera vez, ni siquiera llegarán sumados al 30% de votos válidos. Keiko trae el archivo del orden: mano dura, modelo, estabilidad; pero también autoritarismo, corruptela y captura institucional. Sánchez trae el archivo del pueblo agraviado: la fractura territorial que hizo posible a Castillo y que los foros empresariales declararon cerrada demasiado pronto. Pero trae también la política del cupo patrimonialista, el reparto prebendario, el caos y una tentación autoritaria que no llegó más lejos, no por falta de entusiasmo, sino por ausencia de poderes fácticos.
El problema de la derecha es el mismo del 2021: la estrategia del miedo frente al caos económico suele no entender que no todos temen al abismo del mismo modo. Para una parte del país, el abismo no está adelante; está debajo de sus pies. Por eso, asustar con el “salto al vacío” tiene un límite evidente. ¿De qué vacío se les advierte si ya viven suspendidos sobre uno? Para quienes han habitado durante años la intemperie social, el riesgo de romper algo pesa menos que la certeza de que lo existente ya está roto. Muchas élites creen que la amenaza del caos debería disciplinar a todos por igual, pero el este está distribuido desigualmente. La democracia les pide paciencia, pero esta es un privilegio cuando uno tiene algo que conservar.
El problema de cierta “intelligentsia” de izquierda, en cambio, es convertir toda crítica a Sánchez en una pequeña herejía moral. Raymond Aron ya había descrito esa gimnasia: una lucidez para denunciar a los tiranos de derecha y una miopía para reconocer las aberraciones de los camaradas. Nadie olvida cómo se repartieron ministerios ni cómo algunos se aferraron a cargos mientras el gobierno de Castillo entraba en descomposición.
Ese es nuestro 18 brumario: no que la historia se repita, sino que lo haga con una puntualidad rutinaria. La derecha vuelve a creer que basta con gritar “abismo” para que un país que ya vive colgado del precipicio vote agradecido por el orden. Y cierta izquierda vuelve a creer que el antifujimorismo funciona como un desinfectante natural que blanquea repartijas, perfuma caudillismos de ocasión y convierte cualquier precariedad en épica popular.
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