La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha hecho mucho más que desestabilizar Oriente Medio, elevar los precios del petróleo y el gas, y perturbar la economía global. También ha obligado a aliados y rivales de EE.UU. a reaccionar ante una superpotencia percibida como impredecible, desencadenando un realineamiento geopolítico que transformará el equilibrio de poder global en la próxima década.
Sus efectos son más inmediatos en la región donde se desarrolla. Ha convencido a varios estados árabes del golfo de que el Consejo de Cooperación del Golfo, una estructura debilitada por tensiones internas, ya no es eficaz. Los Emiratos Árabes Unidos, tras anunciar su salida de la OPEP, intensifican su rivalidad con Arabia Saudita y se alinean más estrechamente con Israel en inteligencia, tecnología y seguridad para debilitar al régimen iraní. Arabia Saudita, en cambio, busca una mayor cooperación militar con Pakistán, Egipto y Turquía, en coordinación con China, con el objetivo de coexistir con Irán. Ambos bloques desean mantener vínculos de seguridad con EE.UU., pero la coordinación regional será menor. Este es el cambio más inmediato en Oriente Medio.
También se debilita la relación transatlántica. Mientras la guerra de Rusia en Ucrania genera ansiedad en Europa, la decisión de la administración Trump de centrarse en Irán –y criticar a los europeos por no apoyar– impulsa la idea de una defensa europea más autónoma, fuera de la OTAN, liderada por EE.UU. Aunque es poco probable que Washington abandone la alianza, decisiones como la retirada de tropas de Alemania han elevado la preocupación en Europa. A esto se suma la posibilidad de flexibilizar sanciones contra Rusia, lo que incrementa el temor a un acercamiento entre Washington y Moscú. Esto podría alentar a Vladimir Putin a continuar la guerra en Ucrania con la expectativa de un debilitamiento de la OTAN.
En Asia, el cierre del estrecho de Ormuz golpea duramente a los aliados de EE.UU., que también cuestionan la fiabilidad de sus compromisos de seguridad. Sin embargo, países como Japón, Corea del Sur y Taiwán tienen menos alternativas estratégicas que Europa. No existe una “OTAN asiática” ni una estructura similar a la Unión Europea. Además, enfrentan la creciente presión del poder económico y militar de China, que actualmente adopta una postura más firme frente a Taiwán y Japón. Estos factores limitan su capacidad de distanciarse de Washington.
China, por su parte, actúa con cautela. Ante un crecimiento económico más lento y los riesgos generados por las acciones de EE.UU. y Rusia, Xi Jinping evita nuevas confrontaciones. Es probable que aproveche una futura visita de Trump a Pekín para presentarlo como un mediador global, posiblemente buscando que modere su postura sobre Taiwán a cambio de acuerdos económicos beneficiosos para EE.UU. Esta posibilidad genera incertidumbre entre los aliados estadounidenses.
La guerra también ha evidenciado lo vulnerable que es el suministro energético global. Ha demostrado lo fácil que resulta bloquear el estrecho de Ormuz y ha aumentado la preocupación por otros puntos estratégicos como Bab el-Mandeb y el estrecho de Malaca. En este contexto, China se fortalece como líder en energías sostenibles, vehículos eléctricos y minerales críticos, lo que la convierte en un socio cada vez más atractivo para los grandes importadores de energía.
Aunque la crisis energética beneficia a corto plazo a Estados Unidos como principal productor de hidrocarburos, las vulnerabilidades estructurales del suministro global abren oportunidades a largo plazo para China.
En conjunto, la guerra en Oriente Medio está provocando un cambio profundo en las alianzas internacionales y en el equilibrio global de poder, probablemente el más significativo desde el final de la Guerra Fría.
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