En tiempos de crispación electoral como los que nos invaden, bien vale la pena rescatar lo que Humberto Maturana sugería para lograr una buena convivencia: necesitamos el derecho a cambiar de opinión, a equivocarnos y, si hace falta, a retirarnos sin dramatizar. Dicho en simple, aflojar certezas también es una forma de sostener la vida en común. Y quizás por eso, en un momento en el que todo parece empujarnos a lo contrario, conviene empezar por ahí. Entre errores que se acumulan y la intransigencia, los peruanos nos miramos a través de un espejo de suspicacia.
Lo que antes era ruido de fondo, hoy es grito. Sin embargo, toca –casi como acto de rebeldía– volver a confiar. Pese a una conversación pública, atravesada por dudas sobre la tecnología que rápidamente refuerzan sospechas políticas. Por ejemplo, lo ocurrido con las expectativas frustradas respecto del sistema STAE de la ONPE ha sido leído por muchos como prueba de algo más grave.Pero ahí hay un matiz incómodo: la polarización no solo exagera los errores, sino que también nos vuelve incapaces de procesarlos.Porque entre negar un problema y convertirlo en conspiración, hay un punto intermedio que estamos dejando de habitar: reconocer, corregir o explicar. El caso de la STAE ilustra bien ese vacío. En lugar de enfrentar técnicamente el problema –o de mostrar con claridad las auditorías, revisiones y correcciones ya hechas–, dejamos que el vacío lo ocupe la sospecha. Y la sospecha, cuando no se atiende, se convierte en relato. En un fantasma que deambula y mina la confianza.
Uno de los fantasmas que hoy alimenta la polarización es precisamente ese: el debate sobre el asunto “auditoría digital”. Un globo que podría pincharse –rápidamente, incluso– mostrando resultados, abriendo procesos, transparentando fallas para corregirlas en caso se hayan dado. Pero cuando esa información no llega, el espacio lo ocupa la suspicacia. Y en ese ambiente, lamentablemente, ya no importan mucho los datos, sino los atajos mentales, las heurísticas.
¿Es distinta esta polarización a la del 2021? Sí. No tanto por lo que pensamos, sino por cómo nos sentimos. Hoy, la incertidumbre es nuestro ambiente natural, donde las extorsiones se han vuelto parte del paisaje, la sensación de ausencia del Estado ya no genera solo frustración, sino, sobre todo, tirria. Y la rabia, como sabemos, no escucha: patea.
En ese contexto, pedir confianza suena ingenuo. Pero es mandatorio hacerlo. No una confianza que se perciba como cerrar los ojos, sino, más bien, que implique tenerlos bien abiertos. Es una apuesta por la sensatez, que aun con fallas, habilite esos liderazgos formales o informales, que aboguen por algo que hoy parece escaso: la posibilidad de soslayar la suspicacia en pro de la ‘buena fe’. ¿Buena fe? Sí, la disposición a asumir que la otra persona puede estar equivocada, sin que necesariamente sea malintencionada, o discutir ideas sin partir de que todo argumento contrario es una amenaza, una trampa o una conspiración fraudista.
¡Tremendo reto, pensará usted! ¿Es posible hablar de la buena fe si entramos a cualquier conversación con una desconfianza que de antemano mata el diálogo? Escuchamos para oponernos, no para entender. La polarización que vivimos no es solo ideológica, sino, sobre todo, emocional. Son miedos y prejuicios que flotan –como globos de helio– sobre la conversación pública y distorsionan todo. Tal vez por eso la salida no sea negar los errores, sino asumirlos. Corregirlos. Explicarlos. Matar la suspicacia con evidencia antes de que se convierta en fundamentalismo.
Este contexto en el que estamos es también una gran oportunidad para quienes aspiran a liderar el país o creen que ya lo hacen, pues les corresponde ir con buena fe, a pesar de todo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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