La fatal falla logística de la ONPE ha desencadenado una bola de nieve que puede terminar de arrasar todo. Argumentaciones catastrofistas acerca de la ilegitimidad de las elecciones y del próximo gobierno pueden constituir una profecía autocumplida que arruine la gran promesa de la recuperación de la estabilidad política luego de diez años de anarquía para crecer ya no 3% al año sino 7 u 8%, con gran reducción de la pobreza, algo perfectamente posible porque los planes de gobierno de Fuerza Popular, Renovación Popular y el Partido del Buen Gobierno tienen suficientes puntos en común como para acordar un plan de reformas de mediano calado.
En cambio, un improbable triunfo de Roberto Sánchez pinta el escenario opuesto, pues su programa es la receta perfecta para el empobrecimiento nacional y la destrucción colectiva.
El problema para Keiko Fujimori, por supuesto, es ganar las elecciones. Esta vez, sin embargo, parte en mucha mejor posición. En el 2021, al inicio de la segunda vuelta, Castillo le llevaba una ventaja de 11 puntos en Ipsos, 15 puntos en Datum y 20 en IEP. Ahora está empatada con Sánchez en las tres encuestadoras. Pero tiene que pelearla.
El principal obstáculo que ella tiene es la resistencia casi atávica al fujimorismo, pese a que ella, a diferencia de su padre, formó y consolidó un partido político organizado en un país sin partidos serios y participa claramente en el juego democrático. Más bien, ha sido víctima de persecución política, que es algo que la afectó el 2021 cuando su reclusión en la cárcel la estigmatizó –sobre todo en el interior– como corrupta. Luego se ha demostrado que la prisión fue injusta y abusiva.
Esa resistencia a aceptarla se manifiesta claramente, por ejemplo, en Alfonso López Chau, que ha rechazado a priori y de manera tajante la posibilidad de una alianza con Keiko Fujimori, como si se tratara de algo pecaminoso. Es una reacción que nace más del campo de lo emocional que de lo racional pues, si vemos el plan de gobierno de Ahora Nación, resulta que tiene bastante más en común con el de Fuerza Popular que con el de Juntos por el Perú. Coinciden en mejorar el gasto público, en un servicio civil meritocrático, digitalización del Estado, simplificación administrativa y reforma de gestión en salud, por ejemplo. Casi podrían cogobernar. Es verdad que Ahora Nación le da mayor peso al rol planificador del Estado, pero, a diferencia de Juntos por el Perú, no plantea cambiar el modelo ni el capítulo económico de la Constitución ni estatizar o nacionalizar los recursos naturales ni renegociar las concesiones, políticas todas ellas que nos llevarían al abismo.
López Chau es ingeniero y viene del mundo académico y científico. Es decir, del mundo de la razón. Lidera una izquierda moderna y democrática, como la que necesitamos en el Perú. Un análisis racional entonces debería llevarle a rechazar una izquierda marxista anticapitalista de los años 70 que, por añadidura, congrega al Fenate neosenderista, a Antauro Humala, a mineros informales e ilegales y a cocaleros.
Ojalá se deje gobernar por la razón y no por la pasión. Y que ponga por delante el futuro del Perú.












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