Son las dos de la tarde y miles de trabajadores peruanos siguen frente a sus pantallas. A veces es por falta de tiempo, pero en otras ocasiones (muchas más de las que creemos) se trata de la propia cultura organizacional de las empresas. Durante décadas, la seguridad laboral se entendió como la prevención de accidentes visibles: caídas, cortes, incidentes en planta. Hoy, en cambio, los peligros son silenciosos: estrés crónico, fatiga acumulada, sedentarismo y malos hábitos alimentarios, que deterioran progresivamente la salud. En el marco del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, este 28 de abril, conviene hacernos una pregunta incómoda: ¿realmente estamos protegiendo la salud de los trabajadores?
Aquí es donde el debate va más allá de las empresas. Las condiciones en las que trabajamos están directamente relacionadas con enfermedades como la obesidad, la diabetes tipo 2 y la hipertensión, que en el Perú siguen en aumento. Según el Ministerio de Salud (Minsa), por ejemplo, la prevalencia de la diabetes en el país es de 10,7%, equivalente a 2,6 millones de personas. Cuando un trabajador no tiene tiempo para alimentarse adecuadamente o normaliza jornadas extensas bajo estrés constante, el impacto no termina al salir de la oficina. Se traduce en enfermedad, en tratamientos prolongados y en una mayor presión sobre el sistema de salud. El entorno laboral se ha convertido, silenciosamente, en uno de los principales determinantes de la salud.
El Perú enfrenta una realidad compleja. Aunque existe una legislación robusta en seguridad y salud en el trabajo, su implementación es desigual. Muchos trabajadores no acceden a servicios de salud ocupacional ni a sistemas preventivos efectivos, y la alta informalidad deja a millones fuera de cualquier esquema de protección: recordemos que en el Perú siete de cada diez trabajadores son informales, según el Instituto Peruano de Economía. El resultado es una cultura reactiva: se actúa cuando ocurre el accidente, no antes. Y, peor aún, se ignoran los factores que generan enfermedad a largo plazo. Por ello, hablar de prevención sin incluir la nutrición es hoy una omisión crítica.
Si aceptamos que la seguridad laboral impacta en la salud pública, la respuesta debe ser sistémica: integrar la nutrición en las políticas de seguridad y salud en el trabajo, promover incentivos para programas de bienestar integral, articular salud y trabajo, y garantizar condiciones básicas como tiempo, espacios y acceso a alimentación saludable.
El Perú no podrá construir un sistema de salud sostenible si sigue ignorando lo que ocurre en sus centros de trabajo. La seguridad laboral, en ese sentido, no es solo un derecho, sino una condición indispensable para la salud pública, pues no hay trabajo seguro si el trabajador está agotado, estresado y mal nutrido.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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