De todas las bandas que causan hoy zozobra en el país, la más peligrosa es la presidencial. Objeto embrujado y con vida propia, daría la impresión de ser un ‘horrocrux’ que J.K. Rowling olvidó incluir en la saga de Harry Potter. Como el guardapelo de Salazar Slytherin o el anillo de Sorvolo Gaunt, la banda acaba por poseer al individuo que la porta, forzándolo a incurrir en conductas tan torpes como perversas. Conductas, además, que a la larga lo arrastran a la perdición. Para no ir muy atrás en nuestra historia, recordemos por ejemplo a Pedro Castillo pronunciando su mensaje golpista, a Dina Boluarte aceptando las ofrendas de su ‘wayki’ o a José Jerí yéndose furtivamente de chifas en busca de un menú nunca esclarecido. A cada uno de ellos, la gracia le costó el puesto, y resulta inevitable pensar que, en su lugar, cualquier otro habría evitado un proceder tan temerario. Pero la banda embrujada le contagia a quien la ciñe una sensación de omnipotencia, la engañosa ilusión de que aporreando un poco la mesa conseguirá que el mundo se acomode a sus caprichos. Nada más falso, desde luego. Pero para cuando las víctimas de su hechizo lo comprenden, ya es demasiado tarde. La banda ha empezado a escurrírseles sutilmente del cuerpo, preparándose para saltar sobre su próxima presa. Y eso es lo que parecería haber sucedido esta semana con José Balcázar y su majadero afán de dar marcha atrás en el proceso de compra de los aviones F-16. El hombre parloteó, ninguneó ministros, mintió… y al final quedó como un gobernante desautorizado y despojado de las ínfulas del poder. Como un embrollón fallido que, al verse descubierto, solo atinó a balbucear incoherencias.
Ilustración; Composición GEC
Cuando el ahora ex canciller Hugo de Zela reveló que, al aseverar ante la prensa que “no se había firmado nada todavía”, él sabía perfectamente que dos contratos relacionados con la adquisición de las aeronaves ya habían pasado por esa etapa, Balcázar ensayó un control de daños que solo empeoró las cosas. Permítasenos citar algunos fragmentos del galimatías que pronunció frente a cámaras para ilustrar la dimensión del ridículo. “Estamos diciendo y repetimos – recitó con la pompa a que nos tiene habituados – que esa deuda y compromiso de endeudamiento, si bien es cierto que desde el Parlamento salió esa autorización, eso no quiere decir que nosotros no podamos tener una idea de cómo se puede negociar o conversar sobre un contrato que ya se ha determinado por parte de la FAP y otras instancias para que sea una compra internacional secreta”. ¿Entendieron? Nosotros tampoco. En los ratos libres que le dejan sus conversaciones con Kant y Hegel, el humanista que tenemos por presidente podría quizás intercambiar ideas también con don Antonio de Nebrija.
De cualquier forma, poco después, el Ministerio de Economía y Finanzas anunció que había transferido los 462 millones de dólares que correspondían al primer hito del contrato entre el Estado Peruano y la empresa estadounidense que vendía los aviones, y a Balcázar se le acabó la prosa.
La culpa, sin embargo, no es suya. Es de la banda embrujada que, como antes a otros, lo empujó a la penosa performance aquí reseñada. No es de extrañar por eso que en el Congreso se escuchen ya voces que reclaman su remoción de la presidencia por la vía de la censura. Tenemos la impresión, no obstante, de que la cinta de marras no ha terminado todavía con él. De que lo veremos aún desbarrar con esmero antes de que ella lo abandone para lanzarse sobre su próxima víctima. Ánimo, don José, sí se puede.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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