El ‘outsider’ que hace reír, por Fernando Cáceres Freyre | Carlos Álvarez

En una elección históricamente fragmentada, en la que nadie despega y la ciudadanía rechaza a la clase política que está en el poder, el crecimiento de Carlos Álvarez llama la atención. No arrasa ni lidera, pero el solo hecho de subir consistentemente semana a semana ya es noticia.

Álvarez –y parte de su partido– no han estado en ninguno de los poderes del Estado durante los últimos cinco años. Vienen de ‘afuera’ del sistema. Se podría decir que es una especie de ‘outsider’ cultural, alguien que ha construido notoriedad a partir del humor, y que ahora busca traducir esa cercanía en capital político.

En un contexto de hartazgo, las personas no necesariamente buscan al mejor preparado, sino al más cercano. Alguien que sienten que es como uno. Y aquí el humor juega un rol clave: hace que la gente baje sus defensas, humanice al personaje y reduzca la distancia con este.

Pero el humor, por sí solo, no explica el fenómeno. Si uno revisa las propuestas de Álvarez, notará que pone un gran énfasis en aquellas vinculadas con la lucha contra la inseguridad. Y en un país donde el miedo se ha vuelto pan de cada día, a muchos votantes no les importan las normas, los derechos humanos ni la resocialización del preso. Quieren mano dura, durísima.

Y es ahí donde Álvarez conecta con muchos votantes al proponer salirnos de la Convención Americana sobre Derechos Humanos para aplicar la pena de muerte a los sicarios, extorsionadores, violadores de menores y feminicidas, cadena perpetua mientras no se pueda aplicar la pena de muerte, proteger al policía de los juicios que los defensores de los derechos humanos les abran al usar sus armas, resocialización solo para delitos menores, presos sin visitas ni beneficios y que trabajen para que se mantengan, etc.

Fíjense, no plantea medidas como un plan de reforma integral de la policía, sino medidas más concretas que aparentan que está dispuesto a enfrentar el problema sin matices (incluso sin matices de la actual legalidad). Y tal parece que, teniendo un bajo antivoto, viene convenciendo a los indecisos, sobre todo de derechas, de que él es una opción viable.

El crecimiento de Álvarez no se ancla en un partido sólido, no responde a una estructura territorial de bases ni arrastra un electorado ideologizado. Proviene de los indecisos, el voto en blanco, y los ciudadanos que no se sentían representados. Esta volatilidad explica por qué puede subir, pero también bajar rápido.

El verdadero reto ahora es dar un salto que muchos ‘outsiders’ no logran: pasar de ser solo una expresión de malestar, para volverse una opción de gobierno.

Álvarez tiene propuestas concretas a nivel de lucha contra la corrupción (reducción de la burocracia, muerte civil para funcionarios corruptos), educación (usar los millones de impuestos que se recaudan de las universidades societarias para triplicar Beca 18, becas por impuestos), salud (foco en salud mental, aborto en casos de violación, bajar cinco puntos la anemia hasta el 2031), crecimiento económico (destrabar obras sin corrupción, un Estado más pequeño pero con mejor gestión), tributación (ampliar la base tributaria, dos años de gracia antes de que la nueva empresa empiece a pagar impuestos), etc.

Pero para que la gente pase de conectar emocionalmente con el candidato a decidir entregarle el país, Álvarez necesita con urgencia mostrar un equipo de personas con capital político propio que lo acompañe. No puede seguir apareciendo solo. El votante puede tolerar que esté distanciado de su partido, pero no la sensación de improvisación total. Y ese equipo que lo acompañe debe poder profundizar sus propuestas en áreas como salud, educación, lucha contra la corrupción, crecimiento económico, tributación, etc.

El humor puede haberle abierto las puertas, pero difícilmente le alcanzará cuando el público deje de reír y empiece a evaluar.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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