Un temor secreto recorre por estos días las filas del porkysmo. “¿Y si no llega?”, se preguntan con voz inaudible los que hasta ayer se sentían fijos en la segunda vuelta. Y luego miran a su alrededor en busca de alguien a quien culpar de las malas noticias que les traen las últimas encuestas. La primera es que en ellas Keiko Fujimori aparece ya ligeramente por encima de su candidato, en un crecimiento lento pero sostenido. La segunda, que un poco más abajo, mordiéndole los tobillos, asoman Carlos Álvarez y tres postulantes de izquierda. Los debates que concluyeron esta semana, además, no fueron de gran ayuda para el aspirante de Renovación Popular. No brindó el espectáculo sombrío de hace cinco años, pero tampoco una performance para el recuerdo. Digamos que sus intervenciones no hicieron soñar; solo dormir. Para colmo de males, Álvarez exhibió en las dos fechas en las que le tocó participar dominio de escena y convicción. Es decir, aplomo para repetir los lugares comunes que le hemos escuchado declamar a lo largo de toda la campaña. Una circunstancia que sin duda lo hará merecedor de algunas galletas en los sondeos que conoceremos este domingo.
Ilustración: Composición GEC
La estocada auténticamente problemática, sin embargo, se la asestó a López Aliaga la candidata de Fuerza Popular al extenderle una rama de olivo envenenada. Al decirle, en concreto, que, a pesar de sus recientes ataques, no había venido a pelear con él, que el enemigo estaba al frente –esto es, en el cartel de postulantes de izquierda que esperaban su turno para saltarles al cuello– y que le deseaba “la mejor de las suertes” en los días por venir. Una zalamería con la que el exalcalde de Lima no supo qué hacer.
Porky se limitó a balbucear una de sus habituales bravuconadas, redondeando una torpeza con la que la señora Fujimori de seguro contaba, pues la dejaba a ella como la opción ecuánime de la derecha y a él, como el sujeto irascible y desbordado que, para qué nomás, en efecto es. Porque si algo ha conspirado contra las posibilidades del candidato de Renovación Popular de ser visto como un potencial estadista, no ha sido tanto la evidencia de que su palabra no vale “oro”, sino el demonio de Tasmania que habita en su interior. Postular a la presidencia a pesar de haber asegurado que no lo haría y la enorme distancia que hay entre la Lima que nos dejó al renunciar al sillón municipal y la “potencia mundial” que nos ofreció cuando aspiraba a ocuparlo explican, por supuesto, el techo con el que se topó hace meses en la intención de voto. Pero la caída que viene experimentando en las encuestas desde hace algunas semanas tiene que ver más bien con su vocación por tachar de corruptos a todos los que no lo apoyan a ciegas (empresarios y periodistas incluidos), por llamar “gente de m…” a los ciudadanos de determinadas regiones que rechazan su presencia en ellas y por sentenciar cosas como que el jefe de la ONPE, Piero Corvetto, es “un sinvergüenza” que, si se comportase de cierta manera con él, recibiría una visita suya con el riesgo de no quedar vivo… Lo asombroso, sin embargo, es que, a pesar de todo, estadísticamente, sus chances de pasar a la segunda vuelta no han desaparecido por completo. ¿Por qué tendría, entonces, que perder las esperanzas de lograrlo? Serenidad, don Rafael, que, en una de esas, la hace. Y si no, su derrota no será más que un breve adiós, pues estamos seguros de que en cinco años la furia que lo consume no se habrá extinguido.
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