En estos días de campaña electoral es que se hace patente la poca creatividad en las propuestas de nuestros candidatos. En vez de planes detallados, proponen crear nuevas oficinas y ministerios para solucionar problemas de larga data. Por lo menos hay planteamientos para crear los nuevos ministerios del deporte, de la Amazonía y de ciencia y tecnología. Asimismo, se quiere fusionar Cultura con Educación. Así lograremos que los turistas no entren a Machu Picchu y que los alumnos no tengan escuelas en buenas condiciones.
De la misma forma, varios candidatos hoy ven en las Fuerzas Armadas una suerte de cajón de sastre para problemas como la inseguridad, las emergencias climáticas o el mantenimiento de carreteras; incluso se propone la construcción de penales de toda índole y en zonas inaccesibles altoandinas y selváticas, ignorando que el problema principal es la ineficiencia en el bloqueo de la comunicación celular y no cuán apartado se encuentre el penal.
En todas estas propuestas, lo que se nota es una triste falta de planes con bases técnicas. El hecho de reconocer un problema y crear un ministerio no va a resolverlo. Tomemos el caso del medio ambiente. La creación del ministerio no ha significado una mejora importante en nuestra situación ambiental. Seguimos teniendo el aire más contaminado, una deforestación calamitosa e imparable y serios problemas en la gestión territorial. El Ministerio de la Mujer ha llevado a cabo buenos programas y una campaña exitosa de concientización, pero seguimos siendo uno de los países con mayor violencia de género.
Sabemos muy bien que, sin cambios profundos en nuestra sociedad, la creación de instituciones podrá ser muy bien intencionada pero también muy bien ignorada. Y no es que todo esté perdido. Creo, por ejemplo, que las leyes contra el plástico de un solo uso han tenido éxito y han generado prácticas más amigables con el medio ambiente. Se obligó a los principales usuarios de plástico (mercados y comercios) a cobrar por las bolsas u ofrecer alternativas de usos múltiples. Los ciudadanos se han acostumbrado. No creo que hubiera funcionado solo con buenas intenciones y eslóganes, sino con políticas obligatorias. Lo mismo sucede en otros aspectos. Por ejemplo, he insistido en la falta de civismo en nuestras calles y de parte de nuestros conductores. Esto no se resuelve con multas más altas o más señalización, sino con prácticas continuas y severas de cumplimiento con el reglamento de tránsito y de mayor involucramiento ciudadano.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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