Inversiones que (sí) valen la pena

En el Perú existen muchos problemas, pero también grandes motivos para celebrar: Ignacio Buse, la primera raqueta peruana, logró clasificar ayer al cuadro principal del Miami Open 2026, el primer Masters 1000 de su carrera y uno de los torneos de tenis más importantes del circuito profesional a nivel global. A lo largo del último año, el deportista de 21 años y su equipo han visto cómo su ardua labor rinde frutos. Resultados claves –como su primer título Challenger y su debut en el cuadro principal del US Open– le han permitido consolidar una senda de crecimiento sostenido hacia este 2026, y así, en lo que va del primer trimestre, Buse alcanzó sus primeras semifinales en un ATP 500 (Río de Janeiro), posicionándose, a la fecha, en el puesto 63 del ránking mundial (una ubicación que, sin duda, escalará tras sus recientes actuaciones).

Gracias a Buse y a otros tenistas locales como Gonzalo Bueno y Juan Pablo Varillas –quien ya nos trajo muchas alegrías–, el interés por el deporte de la raqueta en el Perú continúa aumentando en los últimos años. Este auge no solo se refleja en la afición, sino en el potencial de crecimiento a nivel de patrocinios y torneos de toda escala: basta con ver a Buse colocándose como un imán para marcas que están dispuestas a apostar por su proyección, como lo han hecho recientemente Peugeot y Banco Falabella (y seguramente llegarán muchas más). Sin embargo, mientras el entusiasmo crece en el ámbito privado, el respaldo estatal para impulsar los deportes de todo tipo –más allá del fútbol– sigue siendo escaso o nulo. Hasta ahora, el Estado parece subestimar el costo-beneficio de promover la inversión de mayores recursos en iniciativas deportivas integrales. Porque, claro, ¿para qué priorizar el desarrollo deportivo de un país si podemos seguir destinando fondos públicos a Petro-Perú, por ejemplo?

El potencial económico del deporte no es un invento. Si existiera voluntad política y una mirada de largo plazo, el Estado podría reconocer que la inversión en el mundo deportivo puede ser, incluso, una estrategia macroeconómica con resultados tangibles y significativos. El informe “Sports for People and Planet” del Foro Económico Mundial y la consultora Oliver Wyman da cuenta de que la economía global vinculada al deporte alcanzará ingresos anuales de US$3,7 billones en el 2030, con el turismo deportivo representando el 60% del incremento total de estos ingresos. Es una cifra inmensa, sí, pero no se trata solo de facturación, sino también de desarrollo, porque el deporte es una herramienta de transformación socioeconómica y de salud pública. De hecho, la OMS estima que la inactividad física podría costar a los sistemas sanitarios globales US$27.000 millones anuales en los siguientes cuatro años (no es poca cosa).

El deporte es, en suma, una industria que moviliza miles de millones de dólares a escala global y que ya es un pilar del PBI de diversos países, pero que también promueve ampliamente la salud y el bienestar humano. ¿Por qué no aspirar a que alcance ese mismo nivel de relevancia en el Perú?

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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