El camino del héroe

En tiempos tan aciagos como los que desafortunadamente estamos padeciendo, resulta relativamente fácil erigir ídolos con pies de barro e incluso devaluar la mítica figura del héroe, del cual los griegos nos contaron infinidad de historias extraordinarias. La degradada narrativa heroica en tiempos de una ‘cultura líquida’ proviene, en esta ocasión, de una connotada periodista quien declaró héroe nacional a un irresponsable, quien además de victimizarse, denunció “complots” funcionales a su vergonzosa ineficiencia personal. Cuando vi declarar al responsable de la estela de ilegitimidad que acompañará al Perú en los años venideros y escuché, a los pocos días, loas a su heroísmo, vino a mi memoria una escena estremecedora de la película “Glory”, que aún me sigue conmoviendo. En la misma, el coronel Robert Gould Shaw, un bostoniano abolicionista y comandante del primer regimiento negro, el #54 de Massachusetts, conduce a decenas de hombres, luchando por su libertad y dignidad, a una muerte segura en el épico asalto al inexpugnable Fuerte Wagner. Luego de que las noticias del sacrificio del joven militar y sus hombres llegaron al norte, miles de afroamericanos se enrolaron en el ejército de la Unión, al cual Gould Shaw recordó, de manera concreta, la fragilidad de una república esclavista que además no permitía a todos el derecho de servirla y de ser reconocidos como ciudadanos. El esfuerzo militar y de pedagogía cívica de un hombre que murió a los 26 años cumpliendo con su deber derivó en su reconocimiento y el de sus soldados, quienes fueron enterrados, junto a su comandante, en una fosa común en la playa de Carolina del Sur.

En su fundamental obra “La negación de la muerte”, Ernest Becker (1924-1974) señaló que cada sociedad esconde un sistema heroico codificado, donde todo alude al mito vivo de la significación humana, es decir, a la expresión desafiante por trascender a pesar de las múltiples distracciones de los tiempos, cada vez más acelerados, que vivimos. En ese contexto, lo heroico nos parece muy grande o nosotros muy pequeños para reclamarlo como destino natural. Y es así cómo lo heroico adquiere múltiples significados: una mejor casa, el mejor carro o los hijos más brillantes que se puedan producir. A pesar de un paliativo, que puede entenderse como producto del atávico miedo al riesgo que tenemos los humanos, ello no significa que cada sociedad, de cuando en vez, no nos ofrezca chispazos dramáticos del heroísmo del que, también, somos capaces. Desde los grandes heroísmos, a la manera del coronel Gould Shaw liderando a su tropa a una muerte segura pero plagada de simbolismo e inspiración en el Fuerte Wagner, hasta los centenares de héroes olvidados, que valientemente enfrentaron a la vesania de Sendero Luminoso. A ellos, Ricardo Caro se encargó de sacar del anonimato para rendir homenaje a un civismo popular, que debe llenarnos de esperanza.

Lo cierto es que dentro de un sistema heroico, que puede ser mágico, religioso, secular o científico, el héroe estará inspirado por la realización de objetivos marcados por un cierto grado de trascendencia. El héroe moderno se gana su lugar, opina Becker, construyendo un edificio que refleje la creatividad humana y si antes ello se logró con una catedral o un templo magnífico hoy ocurre con un rascacielos o simplemente con un descubrimiento científico que salve vidas. Y, en ese sentido, nuestro ejemplo banal, con el que empezamos esta columna, el del ‘héroe electoral’, quien creó las condiciones para deslegitimar la futura Presidencia de la República, expresa lo que somos en la actualidad: un Estado implosionando en medio de una sociedad polarizada la cual, debido al bombardeo mediático, ya no sabe muy bien qué es verdad y qué es mentira y, lo más doloroso del caso, simplemente le tiene sin cuidado.

En el esquema beckeriano, la creación heroica parte de la noción de que las obras creadas, en medio de grandes desafíos físicos y mentales, pueden abrir un portal a la eternidad, que es otra de las obsesiones de una humanidad, cuya mayor tragedia es luchar contra una muerte inevitable. Partiendo de esa premisa contundente, es a Miguel Grau y a tantísimos héroes anónimos que ofrendaron su vida por el Perú, a quienes debemos acudir en estos tiempos demenciales para seguir nutriéndonos de lecciones vivas de solidaridad, coraje, entrega y grandeza espiritual.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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