Mirando el “Angelus Novus”, un cuadro de Paul Klee, mientras Europa se hundía en la catástrofe que muchos llamaban progreso, Walter Benjamin imaginó al ángel de la historia empujado hacia el futuro con los ojos clavados en las ruinas del pasado. Donde otros veían una cadena de acontecimientos, el ángel veía escombros acumulándose. Quería detenerse, reparar lo destruido; pero una tormenta se enredaba en sus alas y lo arrastraba hacia adelante. Esa tormenta era el progreso.
Esta segunda vuelta ocurre sobre un terreno en escombros. Uno quisiera frenar, abrazar al ciudadano extorsionado al que le han matado un padre, al joven que salió a protestar y no volvió a casa, pero la tormenta no da tregua ni de reparar agravios. Todo se mueve tan rápido y precariamente que sepulta agravios sobre escombros. Por eso su rasgo más revelador no es ya ni la otrora polarización, sino la ausencia casi insolente de esperanza y la descarada falta de moderación. Una segunda vuelta debería obligar a los candidatos a ensancharse, hablarle al votante ajeno, reconocer temores. Aquí ocurre lo contrario. Keiko Fujimori y Roberto Sánchez solo se han dedicado a administrar farisaicamente sus parcelas.
Si Fujimori quisiera enmendar su papel en la historia, no dudaría en ensayar una reconciliación con el sur que comience por reconocer que intentó borrar del mapa miles de votos de los lugares más alejados, y que se puso de costado cuando la pradera se incendió durante el gobierno de Dina Boluarte. Si tanto le preocupa que su imagen pública siga siendo calculadora, debiera resondrar públicamente a sus voceros que recuerdan que, quizás, sí complotaron por el poder. Algunos insisten en que Fujimori puede redimirse como lo intentó García, pero olvidan que García no se cansó de prometer que no repetiría el gobierno del 85 mientras que Keiko ha dicho que gobernará como su padre.
Sánchez ni siquiera ha intentado armar una coalición que apacigüe los miedos del votante urbano. Sus voceros solo han aparecido en medios para resondrar a los desmemoriados intelectuales burgueses, advirtiéndoles que Fujimori es la reencarnación de Escila y Caribdis, y que todo lo precario y caótico del gobierno de Castillo se arreglará poniendo en escena a los mismos personajes que fueron incapaces de detener la destrucción de instituciones públicas y el cuoteo patrimonialista de aquel gobierno.
Ese es el fracaso más hondo de esta segunda vuelta. Proyectos tan precarios se permiten exigir adhesión como si fueran causas civilizatorias. Avanzaremos, pero empujando los restos de nuestras propias salidas: el miedo al fujimorismo y el miedo al antisistema. La pregunta es qué quedará después si la campaña no produce moderación ni garantías ni reconocimiento del país que no vota por uno: el resultado no será una salida sino agravios sobre nuevos escombros. Y entonces, la próxima crisis no comenzará desde cero. Comenzará, como tantas veces, sobre los restos morales de la salvación precaria anterior.












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