Una momia lectora, por Alonso Cueto

Una momia egipcia de dos mil años acaba de aparecer aferrada a un fragmento en papiro de “La Iliada”. Los científicos de la Universidad de Barcelona descubrieron en un sitio fúnebre llamado Oxyrhynchus, al sur de El Cairo, que alguien decidió llevarse a la tumba no el “Libro de los muertos” o el “Libro de la respiración”, que los ayudaba a sobrevivir en el mundo del más allá, sino una obra que hablaba del coraje, el valor y la lealtad. El lenguaje vigoroso y musical en el que estaba escrito era el mejor compañero: la “cólera funesta” de Aquiles, Ulises que le devuelve a Criseida a su padre, la inocente muerte de Patroclo, Héctor despidiéndose de su esposa, la esbelta y corajuda Andromaca que con sus “ojos claros” ve arrastrarse el cadáver de su marido, el duelo entre Paris y Menelao cuando Afrodita manda la nube salvadora, la “aurora con sus dedos rosados”, la petición final de Priamo que “besa las manos homicidas” del verdugo de su hijo.

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Uno piensa en todo aquello que impulsó a esa persona a llevarse “La Iliada” al otro mundo: los valores del coraje y la traición le serviría de algo, aunque fueran en otro idioma y en otra época y cultura, para confrontarse con los enemigos del más allá.

Todo esto tiene sentido porque un libro nos puede seguir inspirando, más allá de la vida. Hace muchos años, en la presentación de un poemario de Antonio Cisneros, en Barranco, uno de los ponentes afirmó que esperaba ser enterrado con un ejemplar. Alberto Manguel afirmaba que cuando el dueño de una biblioteca muere, alguien debía avisarles a los libros para que tomen sus medidas. Después de la muerte de su dueño, la colección de libros pierde sentido. Sería mejor que se los llevara con él.

La idea de un objeto que nos acompañe al más allá ha existido siempre. Hay que recordar que el Señor de Sipán fue enterrado con un buen equipaje: una tonelada de oro y plata, tres concubinas, además de un oficial, un soldado, un vigía, un oficial y un niño. En las primeras dinastías de Egipto era común enterrar a los faraones con esposas y sirvientes, además de mascotas. También con los objetos que habían amado en la vida como amuletos. Ninguno de ellos tenía sentido ya en este mundo.

Encuentro en Internet una serie infinita de respuestas a la pregunta, ¿con qué le gustaría ser enterrado? Algunos mencionan efectivamente un libro preferido (Agatha Christie parece seguir siendo la preferida de los difuntos que quieren seguir las pesquisas de Poirot, quizá porque es el representante de los asesinados). En la encuesta hay otras respuestas que van desde la foto de la madre hasta el Viagra (para lo que pueda servir, según informa un entrevistado). Recuerdo bien que cuando Julio Ramón Ribeyro fue colocado en su ataúd, un amigo cercano le puso al lado de su cuerpo una botella del vino francés que él prefería.

Aun entre los más descreídos, en la civilización moderna, pensamos que hay que prepararse para un viaje. Es como hacer una maleta y pensar en qué va a servirnos.

Quizá la historia del difunto egipcio leyendo “La Iliada” me ha tocado de cerca por una razón. Fue el primer libro que mi padre y yo leímos juntos, en una edición para niños, en un libro acompañado por imágenes. Seguir leyendo, seguir viviendo. Aquí están nuestros héroes que siguen en la brega.

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